jueves, 3 de mayo de 2007

El Padre Karras




El padre José llegó puntual a su cita. Mamá lo había invitado. Yo presentí que iba a ser una larga sesión.
Desde un principio decidí fingir para no pelear; de esta manera me persigné cuando el sacerdote invitó al Señor a darle el visto bueno a la sopa, al guisado y al agua de limón.
Finalmente nos sentamos a la mesa, iniciando la ceremonia principal: la comida. –Afuera seguía lloviendo.
Conocí al padre meses atrás; mamá le prestó un ensayo mío esperando su opinión, pero por desgracia él tampoco logró entenderlo.
Siempre me pareció que su rostro no podía mentir: era un ser de tormentas, lo delataban su mirar y esa voz cansada para sus cuarenta y un otoños; sin contar los matices de negro que invariablemente lucía con alguna bufanda café; zapatos de tacón perfecto. Era muy parecido, físicamente, al personaje del Padre Karras de la película El Exorcista. De hecho ese día estuve a punto de preguntarle si alguna vez practicó un exorcismo; la duda de mi parte representaba un enigma válido en sí.
Aquella tarde mi madre no perdió tiempo en pedirle a José que me orientara; de inmediato la sopa en mi boca sufrió una amarga mutación.
José estaba al tanto de mí; no disimuló en lo más mínimo. Inició diciéndome, amablemente, que debería decidirme a recibir la gracia de Dios asistiendo a misa cada semana; que mi pereza era obra del diablo; mis blasfemias su triunfo; bla, bla.
En el fragor de la charla, logramos un tambaleante punto de equilibrio respecto a los Salmos y los Proverbios. Se irritó un poco cuando afirmé que el Profeta Ezequiel describe un contacto extraterrestre en La Visión de Yavé, insinuando su molestia al recomendarle leer el libro El Caballo de Troya.
Logró desilusionarme al afirmar que desconocía la existencia de los Evangelios Apócrifos –cosa que no le creí–. Claro que llegó el momento en que intentó reponerse:
–La única palabra verdadera es la de Dios –afirmó contundente.
–El Corán, por ejemplo, ¿también es palabra de Dios? –le pregunté.
–Él tiene muchos caminos; sólo un significado.
–Yo creo –respondí, más sereno– que el hombre de este siglo es tan frívolo que no sabe interpretar la esencia de ninguna religión. El círculo de una crisis puede conducir al suicidio, padre; la espiral siempre logra encausar el amanecer a opciones desconocidas.
–Sólo Él sabe cuándo nos recogerá –afirmó, luego de suspirar como un viejo y de bajar la mirada, en busca del cuchillo para partir su chile relleno.
Tanto él como mamá comprendieron que era tiempo perdido seguir el alegato con un pobre necio como yo.
Siempre he tenido la costumbre de comer rápido –los sicólogos dicen que sufro de ansiedad; la ciencia  no se anima a interpretar a la pasión–. Terminé de masticar el último dedo de Cristo cuando mamá y José apenas peinaban la cabellera del Hombre.
Me levanté de la mesa, no sin antes disculparme ante el padre. En otra ocasión le diría al buen Karras que los significados no interesan; acaso la interpretación personal.
Laura esperaba por mí –juro que Yavé y toda su gloria se regocijaban en su sentir.

A pesar de todo, es probable que José sea un buen hombre; con esa firme convicción que, imagino, hasta la fecha defiende. Era valiente.
Si no me equivoco, fue el clásico seminarista absorto en el deber más rígido, como consecuencia del prejuicio de sus padres; del siniestro camino que envuelve a alguien desde el vientre materno, cuando la desesperación de un porvenir macabro se aproxima; y de muchas otras cosas.
Karras siempre verá por su madre –como en la película–; aun cuando, ojalá, algún día se anime a cambiar, del sábado al domingo, el hábito por cierto hábito que le ayude a liberar su mirada.

Me senté a mitad del autobús urbano. El semáforo estaba en rojo. A la izquierda del autobús frenó flamante una motocicleta súper equipada, cuyo piloto lucía un impecable atuendo color amarillo canario, acorde a su condición. Por un momento pensé que Flash Gordon había llegado a la ciudad. 
El autobús y la moto se ubicaban al frente de esa barbarie de langostas metálicas, llamadas automóviles –tal y como los definió alguien cuyo nombre no recuerdo.
El autobús, a tres cuartos de su capacidad. Por su parte, el piloto sabía bien la clase de máquina que llevaba. Esto lo obligó a desbordar su vanidad, forzando en gran medida el motor; mientras tanto esperábamos el verde.
Cuando el semáforo sonrió, el chofer y el piloto aceleraron a fondo en el crucero. De pronto, la motocicleta patinaba en el asfalto mojado. Fue cosa de segundos. El arroz se había convertido en una masa pesada dentro de mi estómago.
El chofer se orilló metros adelante. Hasta el último pasajero bajó del autobús; como excelente gesto de ciudadanía, nos dirigimos enseguida a admirar la escena.
Briznaba. Finalmente llegó una patrulla; luego una ambulancia; antes que ellos hizo su aparición un Volkswagen de tono más intenso que el casco destrozado del piloto.
La patrulla se llevó al chofer; una enorme grúa cargó con el camión;  una camilla guiaba los restos amarillos hasta la ambulancia.
El Volkswagen se esfumó antes que nadie: faltaban cuarenta y cinco minutos para el inicio del noticiero a nivel nacional.

Interpretar a  la suerte, es  creer que Dios es un ocioso fabricante de caprichos.
Cuando  el arcoiris luce cada tono del  negro, una oruga con zapatos puede brotar orgullosa entre el pasto mojado, provocando que tu placer mental florezca.
Esa noche tuve la agradable fortuna del insomnio. Durante la madrugada experimenté toda clase de orfandades; hasta que al fin me quedé dormido, soñando con mi propio sepelio.
Familia, amigos. Una mujer.
–¿Eres tú? –me preguntaba Laura.
Un poco alejado, bajo su discreta sombrilla, Karras observaba.

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