lunes, 8 de septiembre de 2014

Al Fin Solitarios





Él estaba convencido, sin habérselo planteado nunca –ni siquiera como una de esas sorpresas con que el inconsciente nos va moldeando en la vida diaria, al editar una y otra vez los recuerdos a los que recurrimos sin remedio-, que los ojos de ella, su completa mirada, más que otoñal encerrando el último bosquejo de un triste invierno que al fin se iba, nunca lograrían modificar el ángulo exacto de su propia dicha, desde donde uno podía adivinar la sabia vastedad en la escena más natural, espontánea, cierta.
Su piel tampoco era la misma de la última vez, extraño matiz al besarla apenas en la mejilla endurecida, como una masa para hacer pan, de anteayer; toda su silueta empequeñecida de cansancio sobre la cama. Intentó no despertarla, o más que despertarla, evitar abstraer su mente del sueño despierto, profundo, donde deambulaba esa visión desenfocada, sin parpadear, como concentrándose en algo muy importante, ajena a lo que la rodeaba en angustiosa mascarada. Parecía pedir, con el gesto tan ausente, no encontrar de nuevo otro motivo para volvérselas a ver con la monotonía tan suya, de las últimas semanas sin horas.
De pronto ella lo encontró, a mitad de la siesta, el sopor o la vigilia, transformándose el espejismo en algo así como una cercana ficción de su anhelo; la quimera al descubrirlo, así nada más, “despertándose” sin ganas y a la vez con tanta dicha como para gritarle –si pudiera haberlo hecho- que se sentía feliz de que él hubiera llegado. La clara serenidad parecía volver a sus frías retinas en una agitada calma que la envolvía; a tal punto que ese raro aparato que mide la frecuencia cardiaca, a dos pasos de las zapatillas del visitante, se contagió de la alegría de la señora.
A pesar del cansancio por el viaje, y la vieja tan débil, entre ambos surgió la suerte reservada a esa minoría que sabe hacer, del mutismo cómplice, el más sutil alivio ante el último deseo; ese secreto a voces revelado entre los dos; porque siempre sucede igual, él era su consentido sin causa, el pródigo por culpa de tantas angustias e incertidumbres; con la barba entrecana, crecida de un día y medio por culpa de la lucha absurda que librara, durante la mañana, su máquina para afeitar y esa tormenta en el Caribe, dentro del baño del avión.
 
Llegó directo al hospital. Una maleta ronroneando las ruedas a sus espaldas, su cabello corto despeinado, gracias a que al menos logró dormir un poco entre las nubes. Tan parecida la escena a tantas de antaño: primeras horas de cualquier sábado y el muchacho caminando de puntillas para no despertarla; intuyendo que ella lo aguarda, en vilo, a oscuras, rezando; pero la cola del perro querido dando fuerte contra la puerta de la cocina que él intenta abrir; y prueba de nuevo con otra llave, hasta que…
-Anda, vete a tu catre. Mañana hablaremos.
 
-Duérmase viejita. Ya llegué.
La respuesta de ella, parpadeando al fin, le hizo ver que no habría forma de que se escucharan uno al otro:
-Cierra las ventanas –pensó la anciana, murmurándolo de tal forma que un lector de labios hubiese tenido que pedir que repitieran la escena. Hasta el aparato de las pulsaciones iba reflejando que se sumergía de nuevo, quizás contra su voluntad. Pero ella comprendía, con todo y que el respirador hizo de las suyas al acercar él su oído en vano y ella separando las sílabas en otro intento:
-En dos horas te quiero bien levantado. ¿Me oíste? ¡Hay que barrer la azotea! –con un cejo de flores rojas en malabares de su desviada visión.
Cobijadita hasta el pecho, convidada a hospedarse en el descanso al descubrir, en su tacto, esa palma un tanto dura en la suya, sintiéndose al fin protegida. Intentó en vano echar la cabeza un poco hacia atrás, apoyando su nuca sobre aquello que parecía ser una almohada. También le cubrió el hombro derecho con las frazadas; comenzaba a sentirse un poco de frío en el segundo piso; además del amargo cocktail oloroso-medicinal. La ciudad tan ausente iluminándose sin prisa, mientras el horizonte ahogaba la luz.
-Apaga la tele –musita con sus pestañas encontradas-. ¡No me gustan las teleseries!
-Te traje fotos –interpretando que su secreto a voces es digno de convertirse en intimidad, donde tres son demasiados; que su frenesí la obliga a tartamudear de nuevo.
Da inicio una rica tertulia entre dos soliloquios.
-La Gaby ha crecido mucho. Vela.
Nunca nadie supo si su intensión era enfocar cada una de las catorce fotografías, o al contrario, como un experto relojero a quien lo obligasen a ver todo un inútil folleto de materiales para la construcción.
-No quiero –a través del respirador, empañado por su aliento, con su boquita tan arrugada, entreabierta, semejando un clavel de mil novecientos treinta; y es que sabe que se acerca la hora de la medicina de las ocho-. ¡Mi rodilla!...
Haciendo a un lado, por un instante, el molesto respirador, él entendió nítida la súplica; llenándose de paso de memorias al aspirar hondo la lejana remembranza de ese tufo amado.
Comenzó por masajearle una, después la otra; ambas al mismo tiempo –y si hubiese hecho falta todos lo habrían visto convertido en monje-pulpo-sanador-. Un poco más fuerte, adivinando el alivio en sus párpados corridos; acordándose de pronto él de esa caída en la escalera, ¿hace diez, quince años? –la rutina suele envolverlo a uno en tal forma, que a veces la anécdota muta en fantasmas.
Su rostro, de otro mundo, se abandonaba en voluntad inminente a lo lejano, permitiéndose ir, en ensayo original, encantadora, libre, con todo ese derecho propio que él todavía no podía adivinar.
Todo iría bien en su viaje si no fuera por ese relámpago sin rayo, ni aviso previo: tremenda araña de diez patas peludas, con cofia blanquísima al igual que su uniforme, apenas manchado en roja solemnidad por algún paciente de la jornada. Estampa triunfal de la enfermera en turno, en terapia intensiva.
Ni modo. Lo mejor en estos casos es llevar la fiesta en paz, piensa él; tragándose las ganas de reprocharle la almohada de piedra, los cestos de basura repletos, el olor a orines en el pasillo; hasta la escasa luz en el cuarto, con la bombilla repleta de cochambre.
La tarántula aquella hizo su trabajo, como un experto relojero poniendo a tiempo el universo  del suero y ¡qué sé yo tantos tubos conectados!; y la medicina de las ocho –fiel a su bonomía, delicado sentido del humor, ella todavía pensó que hubiera preferido un flan de chocolate con vainilla, como los que le solía comprar el pródigo.
Inolvidable para él fue la caricia en la frente, ese “abuelita linda” por parte de la enfermera; mientras tanto la vieja seguía esperando que alguien al fin apagara la tele.
Intuyendo su cabellera sucia, despeinada, él intentó alisarse el pelo, al ver que se encontraba frente a un arácnido de buena alma, ideándola como mariposa de mal aspecto que, ojalá, siga cuidando bien de ella en los próximos días. Preciosa libélula de ciento diez kilos, con bigote en lugar de antenas y el espacio suficiente en el abdomen, prominente, para albergar a su encapsulada bondad mártir. –La televisión nunca la apagaron al fondo del pasillo, el resto de asistentes, médicos y practicantes: ese día daban el último capítulo de un culebrón, a nivel nacional. Incluso anestesistas y cirujanos de varios pisos estaban ahí. Mientas tanto ella soñaba con él, en un mutuo pasado: “¡Cómo se te ocurre traer a la casa a dormir a “esa gente”!” “¡No quiero aquí estos perros callejeros!” “¡Qué hierbas raras son esas que están al fondo del jardín!” “¡Por qué no te consigues un trabajo, en lugar de andar de vago todo el día!” “¡Por qué no eres responsable, como ellos!”
 
 
De pronto, sin más que esperar, menos por entregarle, el pecho de ella se transformaba en  la más extensa planicie, quieta, inmóvil primavera. El cabello entrecano, a los ochenta y tres, más estético que el suyo; porque ni la pena, las tragedias lograron convertirla en albas muestras de alguna derrota –esa sabia vastedad natural, espontánea, cierta; que Gaby como que heredó; aunado al carácter y al Sagitario de ambas.
Se estaba yendo tan dispuesta; se le notaba en esa profunda paz que, como siempre, saboreaba sin testigos; como si tan sólo estuviese esperando al consentido sin causa; a cambio de todas las veces que él se fuera, para retornar y volver a irse; esperándolo de nuevo, en vano.
 
Comprendiendo finalmente lo que pasaba, apenas a las dos horas de su llegada, al reemplazar en la guardia a uno de ellos, deja de masticar el enorme chocolate que comprase en el aeropuerto, viéndose forzado a tragar el último bocado; colocándole su propia mano en la nuca para que viaje placentera –seguro que a sus rodillas les están saliendo alas-.  Bien disimulado para no despertar sospechas; como el jugador de cartas sin suerte, que descubre, haciéndose aliado de sus propias arrugas, que de seguir impávido al fin se llevará el tesoro de todos, sin necesidad de dar explicaciones a nadie; mucho menos a ellos.
El buró del cuarto repleto de toallitas húmedas y toallas resecas, medicamentos, herramientas hospitalarias ajenas a la paciente, que no tenían nada que ver ahí, así como una cajita de listones de colores que la Gaby le mandara; aun y cuando a la anciana nunca le importó la importancia; ni siquiera en el viejo almacén, donde además se molía café de grano al mejor postor. En diciembre era preciso que todos ayudaran en el negocio; pero sólo el pródigo lo hacía con gusto, encantado al sentir su ropa, los brazos tapizados de polvo, de mugre; los músculos cansados de tanto cargar bultos de maíz y cajas que contenían toda clase de mercancías; mientras ella atendía al público interminable; lo mismo ofreciendo una aspirina para la que aún ignoraba su embarazo, o el remedio perfecto para sanar el dolor de muelas de una vaca.
A veces era caótica la jornada. Y todavía faltaba llegar a casa para revisar la tareas –las del pródigo, generalmente, no pasaban el dictamen: “¡De nuevo, completa! ¡Por qué no haces la tarea como ellos!”; que hasta le enseñó a escribir; siempre al lado del camino. Pudo haberse declarado incompetente ante ese pibe triste y encantado, sin tías que promulgaran su carácter enrevelado –diría Fito Páez.
 
Ese chico que simplemente jugaba a la pelota y a quien nadie le prometió un jardín de rosas reaccionó, intentando salir rápido de la dulce, doble ensoñación reminiscente, observando incrédulo su cuello, sus hombros, el pecho tan inmóviles que desesperaban.
Sabía que si en ese momento se levantaba de la silla vendrían con sus aparatos y demás ponzoñas. Lo mejor era dejarlos ver hasta el final el último capítulo de la teleserie. –El artefacto de las pulsaciones, venturosamente, permanecía mudo.
-Por favor no nos extrañes. Nosotros lo haremos por ti.
 
 
 
Como buen ciudadano, extranjero en su propio país, decidió que al fin era tiempo de salir de la habitación, en busca de una enfermera…

lunes, 7 de octubre de 2013

No te Muevas, no te Mueras

 

 

 

            Quien reniegue del presente

no merece el porvenir.

-Agustín Yáñez.

 

 

I

-Ya falta poco…

            Es lo único que él ha dicho en los últimos quince, treinta minutos tal vez; transcurridos, por una parte, dentro de esa perdurable paz que algunos viejos saben crearse alrededor; en el otro extremo de ese hilo invisible, tensado, sigue colgando para ambos el dolor que, a estas alturas, no los mortifica, más bien pareciera que alivia, invita a desanudarlo todo.

Han sido tres cortas palabras que individualmente no expresan gran cosa; pero la frase fue pronunciada en el labrado perfecto de fonética-caricia, mezclándose armoniosa su voz ronca con la fiesta cotidiana, casi lingûística de las aves, allá afuera; desde el tordo fanfarrón al cotorro negro, salvaje en su perorata sin verbo; por ahí anda una guacamaya escandalosa, en las ramas cercanas y, por si faltara algo en este ensayo, el acompañamiento ideal a la sinfonía discordante: la legión escondida, infinita de grillos y chicharras, haciendo horizonte el ejército camuflado en la exuberante fronda, con su monótono “sssssh… sssssh… sssssh”, semejando una olla a presión que nunca, en millones de años, ha estallado ni modificado su nota; y suele adormilar al más insomne.

Aquí adentro, en su último santuario en medio de la selva –que les pertenece al par de ancianos como imperturbable autoexilio-, la atmósfera jamás podría ser pesada, tediosa, aunque permanecieran el resto de sus vidas en este cautiverio; ubicado en el primer rincón que le da sombra profunda a la sierra agreste, otorgándole asilo a un olvidado, crecido cafetal que no da fruto por costumbre; todo esto a la orilla de la última barranca, al pie de la montaña más cercana de la todavía distante costa tropical.

Ella se despide, en delicioso amodorramiento, de otro de esos sueños sin recuerdo alguno, breves parpadeos en profundo reposo fugaz; coloreado éste por sus aves que la siguen rescatando, sin la menor prisa, del letargo; cuando él le pide que no se mueva. “¡Me falta casi nada!”; brincando sus ojos pardos, entre todas esas arrugas buenas, con ánimo de chiquillo, hasta los de ella; quien procura no volver a dormir, entre el coqueto juego de su cansancio.

A la señora le dan unas ganas imperdibles de estirarse; y qué le vamos a hacer, si las fuerzas se le filtran, como a un manantial subterráneo, de los huesos hasta los poros y la sábana, cubriéndole apenas medio muslo; y de la sábana –tan sucia de sus mutuos sudores, desde anteayer-, a la rodilla que dobla inconscientemente –ofreciendo de nuevo el perdón reglamentario, por haberse movido, la retorna a su posición original-; todo esto desgarrado, de pronto, por el sucio grito de un buitre maduro, filtrándose nítido, molesto, a través de las gruesas paredes de madera, en la breve, discreta, vetusta cabaña.

Carroñeros que llegan sin permiso de nadie, tan sólo midiendo el espacio entre su hambre y el aterrizaje –forzoso en el apetito; más que forzado en su instinto-. La presa es el cadáver de un burro que se pasó la noche rebuznando su rupestre agonía; sin haber tenido nunca ocasión de tocar alguna flauta, trompeta o el clarinete en los recitales sinfónicos de la región; fondo musical clave para estos ancianos en la última vuelta del crepúsculo de ayer, descansando de su jornada, antes de la última cena.

 

Desde hace rato, a uno de los guacamayos grandes, de canto furioso, se le viene ofreciendo, en aleteos de carácter monopólico, una de las guacamayas más nerviosas y mejor dotadas en genética; y al cotorro verde la cotorra que ya está roja de ganas; y todos con todas, los lagartos sacándole espuma al río que serpentea en el fondo de la barranca; algún venado se atreve a hacer ruido entre la hojarasca, poniendo en peligro su vida a cambio de legar la cornamenta; ratas de campo, caballos lejanos en un rancho, traducido en puntito a la distancia; el toro se encarrera para montar a la vaca; como lo hace también el gallo. El ciempiés, la hormiga, la araña; el puma, la bacteria y la babosa, a quien nunca nadie ha visto en lo afrodisiaco de su acto. Escenografía que envidiarían en Hollywood si se atrevieran a hacer una película al respecto, con el prolongado panel de una sola cámara hasta el final, al estilo de “El Arca Rusa”, de Alexander Sokurov; en intrincado recorrido debajo de las hojas secas, dos o tres húmedas cuevas y hasta senderos ocultos entre las ramas de impresionantes cedros y caobas, limoneros, mandarinos y cuantimás especies que él tan bien conoce desde niño, para sembrarlos, podarlos, hacer leña, seleccionar sus frutos o ¿por qué no? fabricarse un mondadientes, y así extraer la lenteja que se le quedó anoche entre las muelas; o un separador de páginas; aunque en esta ocasión no se trajeron libros consigo –por primera vez no les serán necesarios-. Incluso arremangarse la camisa para reparar el techo de su cabaña.

O manufacturar, con su navaja suiza, un par de lápices mina –que también lo sabe hacer, con corazón de carbón endurecido-, por si se cansa de sacarle punta al único lápiz que se trajo desde la capital; manejándolo como el experto que es en el trazo detallado, invisible sobre la hoja de papel: ese imperturbable mimo en silueta que le falta, al dibujo, en la punta de dos dedos, en la mano derecha de su mujer, con el único fin de transformarlas en la antítesis perfecta de cualquier fotografía en blanco y negro.

Matiz colosal intermedio es el que acaba de lograr con el lápiz mina. “¡Ojalá no imite un claroscuro de Rembrandt!” –siempre ha sido éste su temor; después de tantos años sigue sufriendo esta especie de trauma, debido a la adoración que siente por el pintor holandés-; a menudo tan sutil el trazo que el trino de un gorrión hubiera sido el exceso entre su mano firme, que a veces intenta expresar lo que el cotorro salvaje no sabe decir; pero sobre todo las ganas de hacerla dichosa a ella, al menos por un rato, antes de que se vuelva a dormir; al hacer ahora énfasis vaporoso en la sombra de un párpado, al que le pega más esta luz primaveral; y las ojeras, claro, necesitan todavía un miligramo de ése no sé qué.

Sus labios, sin labial, separados porque necesita a cada momento más aire –el conjunto del rostro ya sonríe en armonía; bueno, es una forma más de decir que el dibujo se está logrando-; tiempo justo para que el dibujante se pase el pañuelo de tela en el rostro, por primera vez en el día, secándose el terco sudor hasta el pecho blancuzco.

El calor, si bien nunca dio tregua durante la noche, comienza a subir peldaños en la escala, verdaderamente molesto.

 

-¿Te sientes bien?

Ante la pregunta ella parpadea en la sonrisa de un cuarto de segundo, escurriéndosele el intento, bosquejando la respuesta que él conoce detrás del esfuerzo que está haciendo su pareja.

Es todo lo que pueden hacer. Fue el pacto: “te poso como pueda y tú me dibujas como nunca más lo harás”.

La señora, de setenta y ocho cumplidos, procura no resbalarse más de los cojines; desea que el trabajo de su marido logre interpretarla como una veterana ramera que jamás hizo algo que no quiso; de ser posible, que la obra de arte refleje, ¡huela a sus axilas!; nada que ver con los desnudos de Manet, por cierto, independientemente de las circunstancias y adornos intrínsecos de cada época; tan distintas sus historias seguramente; por eso se sigue acomodando sobre el colchón a cada desliz somnoliento, con sus limitadas fuerzas.

Y vuelve a regalarle otra caída de ojos, sin pudor, fiel vanidosa, para que él no piense que se está durmiendo; cómplices de tanto que, quinientas vueltas de la Tierra alrededor del sol, serían poco para meter esta historia en los anales de lo no convencional.

Él también está agotado. Le duelen casi todas sus articulaciones. Se pone en pie como lo haría aquel burro enfermo –que ahora engullen media docena de buitres-, afianza su bastón de fierro sobre la silla para poder orientar el ventilador eléctrico hacia su mujer: necesita refrescarse en el rincón de la cabaña, en la cama crujiente que, como grillito escondido, rechina microscópicamente en los resortes a cada palpitar de su corazón; la misma cama de tanto añejo bochorno donde germinaran todos sus hijos, cada vez que se escapaban de la capital a su refugio amado.

A esa herrumbre de ventilador, en cobriza oxidación de gotas escurridas en una vela perpetua –al menos quince veranos a cuestas, sin mantenimiento alguno-, como es su costumbre desde el año noventa y nueve, le dio por caminar anoche, modificando su posición original por culpa de su propia vibración sonora, descontrolada, del artefacto, como las hélices de un helicóptero que alguien echa a andar en un cementerio de chatarra; detalle acostumbrado durante el corto reposo de los dos; hasta que terminó ahuyentando el alboroto, contra la pared, de una chicharra madura, que se introdujo por la ventana antes de que él la cerrara, al ser hipnotizado el animalejo por la luz; y él vestido únicamente por su bermuda eterna que ya lleva cinco o seis veranos cubriendo sus partes no muy nobles que digamos, tan aguado en el resorte que a menudo ella sonreía divertida por el triste espectáculo, cuando él se agachaba para astillar un pedazo de encino.

Toda esa miseria actual de carne empellejada que muchos días fuera la perdición de la modelo, en su paraíso sin manzanas verdes ni serpientes buenas.

-Te ves hermosa –esta tercera frase, a las dos horas casi exactas de haber reiniciado el trabajo, de ninguna manera ha sido un cumplido vano, de ésos que suelen decirse las parejas aburridas, mientras comen chocolatitos o bombones conciliadores, viendo la tele en perfecto control de su histeria, para sobrellevar la incógnita locura tan bien amaestrada.

Si bien ella va perdiendo la fuerza física en el bello, completo arrugamiento de su figura, conserva ese ¡qué sé yo! –piensa él, lápiz mina en mano-; acomodándose de nuevo entre el manchado colchón y los descoloridos cojines; que de pronto hasta la quijada se le va de lado en la mímica que se sabe de memoria para no hacer evidente el dolor que le sigue caminando, insinuándosele de nuevo. La figura ideal para él: como ternera en cuatro patas; a tres metros de distancia uno del otro; sin enterarse del café que se está quemando en la estufa –el silbido de la tetera termina fundiéndose, como una María Callas que se echa el teatro al bolso, con la ayuda-demostración-antagonismo del reino animal.

Alguien debería abrir las ventanas para que el viento caliente circule.

 

-¿Tienes hambre?

Tal vez él debió haber preguntado: “¿tú crees que deberíamos tener hambre?”

El desayuno se entibió poco antes de darle origen abstracto a las huellas digitales en el papel; y es que ella no pudo parpadearle, a pesar de que estaba despertando…

A las cinco de la mañana, al echar mano de un parcial insomnio sin sentido, él  se tomó la octava copa, bien cargada como las otras, de un ron que fabrican por allá abajo, más allá del río. Ron y cocacola, y un chorrito de agua para que las burbujas no hagan tanto de las suyas. Lo de costumbre, digámoslo así.

Ella le pidió una, a eso de las tres, al murmurar una ligera queja que él –afortunadamente- no escuchó. No se la pudo negar; porque si de algo te has de morir, una cuba no te dejará mentir. A la dama le sirvió la pequeña dosis de alcohol para alumbrarse el final  de cierta pesadilla. Tres pulsaciones de su terco corazón le duró el suplicio, donde él, lo que son las cosas, resultaba ser el asesino.

-¡No te muevas, por favor!

Ella entiende, intenta no moverse más; ¡pero es tan incómodo estar ahí, postrada! Esta última congoja la hizo suspirar al punto de sus pechos y hasta la papada, tan tierna, que Betty Davis se la hubiera comprado para agitarla sin pudor en su última cinta.

El énfasis ha sido mayor en la orden que le dio el artista; como si presintiera que un huracán se les viniera encima, desmoronándolo todo.

Por muy poco y se escabulle de sus hábiles dedos lo virginal que conserva ese cuello… -corrige al instante. Simple delicadeza, es todo lo que falta en el dibujo.

Se siente estúpido al repetirle:

-Aguanta, por Dios… ¡No te muevas!

 

 

II

-¡Muévete, por un carajo! ¿Acaso es tan fuerte tu resaca?

-No. No lo haré… –segura de sí en su agonía post-bacanal; una de tantas en el pasado y lo que bien tengan por bendecirla en el futuro- Estoy muy confortable así. ¡Termina ya y déjame descansar! ¡Quiero que me dejes en paz! ¡Necesito estar sola!

-¡Por Dios, muévete! –harto de su engreimiento.

Tanto trabajo que le costó a él improvisar un escenario de claroscuros en su propio cuarto, arrendado tan barato en la azotea de un fantasmal edificio; colocando estratégico varias cajas de cartón, abiertas, en el cóncavo y convexo que la hora de la mañana le exigía en todas esas ventanas enormes, con el único fin de descubrir el mejor lado de esa preciosura; y ella terca, princesa al fin que se sabe reina; intuyendo algo en el pobre diablo que quién sabe cómo se las ingenió para convencerla:

-¿Por qué quieres que me mueva tanto? –tigresa con muchas ganas de convertirse en gatita fiel-, ¿no te convence ninguna de mis poses? –mostrándole de nuevo el pubis peludo al contorsionarse exquisita –con los pelos bien parados, como gato asustado, hubiera dicho Alberto Moravia.

A los veintitrés años ella era el más pulcro fulgor de un cielo clandestino en la ciudad de México, suspicaz cautivada, sin saberlo aún, de los metales sin mucho brillo –el cobre metamorfoseándose en bronce, a cambio del oro; la dureza del acero apreciando a la plata, tan frágil-; y ese artistita cualquiera, ayudante secundario de cierto maestro; quien, a su vez, un buen día fuese la mano derecha de Siqueiros y aprendiz lector de Antonin Artaud, cuando el escritor francés estuvo en México; circunstancias inusuales que a nuestro personaje lo convirtieron, desde temprana edad, en un adelantado que no perdió tiempo al seducir a su dama, inculcándole una buena dosis de literatura dadaísta; sobre todo a Bretón, de manera seductora; o por ejemplo parafraseando al mismísimo Artaud: “Ahí donde otros exponen su obra, yo sólo pretendo mostrar mi espíritu,” tonta.

Pero ella, en su astucia tan afilada como su mirar de gata, se seguía defendiendo: “¿Qué necesidad tengo de seguir moviéndole el culo a este mequetrefe? ¿Sólo porque me lo pide? ¡Ni que me pagara tanto!”

A la tercera sesión casi adivinaba lo que él iba a responderle, sin pregunta de por medio, debido a ese todavía inmaduro orgullo, prototipo de caballero:

­-¡A ver! ¡Improvisa, por un demonio, como lo hiciste anoche!... ¡Bien! ¡Eso! ¡Muévete, cabrona! ¡Abre más las piernas! ¡Enséñame todo tu rosado tesoro!

Pero había más, en la doble intuición de él y en la lenta entrega de ella:

-… ¡Mi vida, regálame esa mirada de perra con peddiegree falso! ¡Eso, eso! ¡Grande! ¡Así te quiero, tan bella! ¡No te muevas, no te muevas maldita!

La quinta reunión íntima de ese ensayo fue suficiente para que ella intentara declararse virgen de emociones profundas:

-Te aseguro que no recuerdas cuál es mi color favorito; y así pretendes dar con mi mejor lado… ¿Y mi árbol preferido, cuál será? –canturreando esto último en perfecta mofa.

-El azul –desde la osadía a la tolerancia, él respondió así, hace cuarenta años, dándoselas de un pobre apasionado por la pintura.

-¡Mentira! –hinchada de sarcasmo; y de las caderas que lo deseaban por todo eso que él le había hecho ver dentro de lo imaginario de su elocuencia inteligente, un mes atrás, en un rincón sin luz del antro de mala muerte; de todo el arsenal lingûístico que prende a la mujer orgullosa cuando se sabe dueña de quien comienza a querer bien.

La muchacha, con esa carita que hubiera fulminado a Frida Kahlo, al enseñarle a ésta a usar el depilador en las cejas; y el perfil heredado de su padre desde una barriada madrileña, durante la guerra civil contra Franco; la cabellera negra total, cubriéndole completo un seno y las retinas como aceitunas maduras en el árbol todavía, después de una lluvia inusual, a las tantas de la tarde, adivinando de nuevo el pensamiento escondido de él al hacerlo desatinar:

-¡Mentira! –repitió ella, sabedora de que no le hacía falta modificar el énfasis- ¡Es el verde! ¡No me quieres! –juego experto de simple biología femenina, que cualquier moza, desde hace milenios, conoce y madura, perfecciona, no precisamente de memoria. –Su entrepierna ya estaba clausurada para todos; excepto para él.

¡Cómo diablos lo había logrado ese tal por cual!, si ni siquiera el bigote le salía completo; pero sí las palabras de esa boca pequeña, discreta; tan especial su voz.

 

(Las mujeres han sido, son y seguirán siendo impredecibles; debido a que los hombres –casi todos; hagamos los honores a las dichosas excepciones- han sido, son y seguirán siendo, por mucho tiempo más, estúpidos. –Estamos de acuerdo en que Darwin tenía razón; por lo tanto la evolución física que todavía falta por completar en el humano, supongo, también le otorga su respaldo al macho, un voto al pobre cerebro actual de ese limitado homo-sapiens).

 

Desde el día en que se conocieran,  en uno de esos antros-santuarios-restaurantes que había, en aquel entonces, en la ciudad de México, él supo salir avante del primer atolladero que la chica le puso, salvando su dinero; y así se fueron dando las cosas, hasta esa tarde, en la azotea del edificio:

-¡Cállete y no-te-vuelvas-a-mover, mierda! –se sentía humillado, como un zorrillo escondido en el matorral, dispuesto a orinarse en la cara del depredador. Ella le había dicho, realmente, que su color favorito era el amarillo, porque la que de amarillo se viste, en su belleza confía.

Rebelde, perezosa; cruzando en ese momento su vientre, tan suave, manifiesto, la sombra de esos baratos barrotes en herrería centenaria de la ventana, en la azotea, ella se rascaba una de sus redondas rodillas; sin imaginar lo que se le venía:

-Pero no me vas a negar que el tango que más te gusta es “Por una Cabeza” –agudo, sorprendente, convencido de su estrategia-. Me lo aseguraste cuando lo bailamos –lo dijo sin perder esa postura de irremediable bajo perfil, que prefiere volver a ser humillado antes convertirse en protagonista; característica de ciertas personas que, al saberse superiores, por naturaleza, o sutil cultivo de lo ideal-espontáneo en su mente, no necesitan, les harta demostrar nada; sabedor también de que la mejor mentira consiste en hacerle creer a alguien que uno mismo ha creído la mentira del otro.

Sin moverse más que al deslizar, delicada hasta la cosquilla sugerente, una mano a lo largo del muslo apetecible, ella susurró, sin apartar la mirada de la de él:

-Sabía que ibas a decirme eso: “¡Cállate y no te muevas!” –sagaz en su perspicacia; como un pura sangre que mantiene sobre su lomo al jinete que terminará por dominarlo; comprendiendo que se encontraba dentro de un callejón con salida, sin intensión de escabullirse -esa misma mueca, sorna sonrisa con la que hace rato ella se volviera a acomodar sobre los deslucidos cojines y almohadas, a sus setenta y ocho años.

-Discépolo; ¿o no? –jaló la rienda el pintor; dejando a un lado los pinceles.

Lo suyo era el detalle sin colores; por eso ella también terminó amando a Rembrandt.

 

 

III

Debe borrar una cosita de nada, unos veinte años al menos. Todo por la fuerza de costumbre y las copas de anoche.

El asunto es que ese hombro desnudo, tan brillante del sol mañanero –en penumbra ayer, al comenzar la obra-, si bien un día fue cascada, brazo de río, boca de mar, es necesario reconocer que hoy resulta chorrito de sangre en tan manchada piel, plasmada de tejidos sanguíneos violáceos. –El ron de anoche le sigue pasando el saldo.

 

Pero si de saldos vamos a hablar, de retazos, de lo sobrante o de posibles finiquitos, él se acuerda, ridículo quizás, por esos caprichos mentales que uno nunca saben dónde nacen, pero sobre todo donde terminan, de la carcajada que ella soltara frente al 348 Corrientes, segundo piso, ascensor.

“¿En el noventa y seis?”

“Mmm… creo que ya estás borracho. Fue en el ochenta y seis. Tú no querías hacer el viaje a Buenos Aires porque no te habían pagado un año en el diario; pero sobre todo porque deseabas ver a Maradona en el Mundial”.

Al fin él deja de elucubrar, alejándose del 348 Corrientes. Fueron un par de minutos en los que él parecía el dormido; ella tan dispuesta, con su media voz:

-Una mujer enamorada, realmente enamorada, profundamente enamorada, no puede, no sabe, no necesita engañar a su pareja; porque su propio amor, más que impedírselo, le nubla cualquier opción posible.

Es el momento en que él recuerda: ¡esto mismo se lo dijo ella en el Ascensor, palabra tras palabra!; y él le respondió, juguetón y hasta vanagloriándose de ser un Don Juan:

“Entonces, siguiendo tu misma idea, pero al revés, si tomas en cuenta que el noventa y nueve por ciento de los tangos, desde Gardel hasta la última versión de Piazzola, interpretada en La Boca, debería promulgarse, por el bien de la sociedad argentina, una ley que prohibiera, al menos en ese país, que se casara un solo argentino; porque de ingratas, giles, mujerzuelas o pecadoras, está repleto el lunfardo y hasta el registro civil, ¡hasta en Uruguay!”.

En el ochenta y seis nunca faltó la botella de vino, o de tequila en la mochila, en la espalda de él. Esto ayudó en gran medida a la respuesta de ella, después del partido contra Inglaterra:

“Si al menos hubieras aprendido a bailar tango aquella noche. Por más que intenté llevarte en el básico dos por cuatro, ¡tú terco con mis nalgas, sucio!”

 

 

IV

Él debe ser hábil para ganarle tiempo a los rayos del sol, tan escurridizo Es un día despejado con segura insolación. Las tejas quebradizas de la cabaña se harán un poco más de pedazos, sin prisa; desvaneciendo su color a lo lejos, en el poblado de allá arriba, haciendo un poco más invisible la cabaña.

Y un nuevo sueño sutil desvaneciéndose en ella; con todo y el par de horas que se durmieran los dos a pierna suelta, cruzada, enroscada, anoche; despejándose a medias el agobio de este rito clandestino.

Él necesita retener este último día, con toda la fragilidad-angustia a cuestas; como un ensayo de lo que hubiera sido Henry Miller al lado de Anaís Nin en plena senectud reconciliadora.

Apenas deslizando el brazo por su aguada, húmeda cadera, ella acaba de soñar -  guiña su papada en otro susto- cuando el artista no quería pagarle por esa sesión fallida de danzón, en la cantina-castillo-iglesia de tan buena y mejor muerte, allá en el D.F.: la imaginación-sesión consistió en rozarse, sobre todo, el pliegue mutuo del alma, sin advertirlo; cobijados, como por encargo, entre las risas groseras de tanto cerdo que, como eco fosforescente culminaban todos la fiesta, en el inicio de aquel otoño; a mitad de su necesario hibernáculo revelador.

 

Él le sigue hablando a ella para que no se rinda; cabecean a ratos. Se refresca con un puñado de agua tibia, en una de las dos tazas –no suelta el lápiz mina ni por error-. Tiene que borrar de nuevo, ahora es el codo.

Desea que ella lo escuche:

-¡No cedas! ¡Anímate! Recuerda que a los niños, a nuestros nietos, hay que ayudarlos a entrar en la vida.

-¿Y a los viejos? –sale su voz como de un buzón oxidado, sin la casa que antes lo albergara.

-A los viejos no hace falta que nos ayuden. Nos vamos solos; o más bien, sabemos irnos. El resto de la gente, como siempre pasa, permanecerá tan indiferente a todo. Por eso me abortaron de pintor y dibujante. Dará lo mismo si los ayudas o no. Pero a los viejos habrá que perdonarlos.

-¡No seas mezquino! –hasta parece   que ella no toma aire para responderle; si bien es un filtro en la onda perdida, en la señal  de radio a través de la que ella parece hablar, apenas traducible, tratando de defender algo que, en el fondo de su naturaleza anaisminista, reconoce indefinible.

-¡No lo soy! –impresionado de que la vieja siga lúcida, al recuperar el sentir desde la nuca, en la almohada.

Se anima a seguir el hombre; imprescindible pretexto para él mismo.

-No me dejarás mentir si te digo que las masas suelen ser tan aburridas, vanas, ¡que da lo mismo si las ignoras! –es su rabia inconsciente, que necesita ver nacer otro debate interminable entre ambos.

-¿Y quién te dijo que las masas deben ser ignoradas; o que siquiera las ayudes? ¡Ridículo que eres!; ¡lo único que te falta es que me levantes a bailar un tango!

La mirada de ella por otro rumbo. El sufrimiento del cuerpo femenino va en bajada. El otro, ése que a veces deforma el alma a partir la juventud, comienza a ceder, a olvidársele en la aguda risita de abuela en libertad.

Él derrama el ron sobre el piso, como límite meta de algo que en verdad no entiende todavía en esa real tragicomedia para sí mismo. Tanta es su turbación que le responde:

-Ya sé lo que vas a decir…

-¿Qué voy a decirte, insensato? ¡Dímelo! ¡Y saca de aquí a estos cotorros de mierda! ¡Me ponen nerviosa!

-Tranquila. Los voy a sacar

-¡Sal de aquí tú también! ¡Tenías razón! ¡Me iba a llegar el día, imbécil! ¡Termina ya tu maldita caricatura!

 

 

 

V

Desde finales de los años cincuenta, a sus treinta y nueve años él sufre dolor de muelas; hasta en un colmillo renegado. Ocho ejemplares en su dentadura café que milagrosamente conserva. Todo un caso para Ripley: dolorosísimas experiencias pasajeras de un solo día; cancelando, optimista, una o dos citas con el odontólogo; lo mismo en Berlín, Moscú o Barcelona.

A lo mucho dos desveladas salvajes, tomando pastillas, colocándose algodones empapados en esencia de clavo u otro remedio casero que recordaba de su madre; diez miligramos de analgésico en el sillón del odontólogo y adiós, como si nada; con todo y su dentadura amarillenta de antiguo fumador; hasta que en el dos mil uno le vino el paro.

Pero…

-¿Dónde estás?

Bastón en mano se incorpora, aspirando tan profundo que sus rodillas le vuelven a tronar, como quebrándosele,  para peinarle a su amada los rizos tan opacos, por la falta de baño.

Él sabe que a ella le duele; y a él le duele que a ella le duela.

Lo que son las cosas: los buitres son los que parecen entonar ahora una canción de amor, antes de remontar. Los gorriones, tan ligeros en su rincón, detrás de la cabaña juguetean como unos dementes en los arbustos; mientras los grillos y chicharras atienden al gran sol para interpretar ahora un andante con moto.

Debe haber al menos treinta y seis grados Celsius allá afuera. Dentro de la cabaña el bochorno es inhumano. Lo único que le falta es la firma que nunca estampará sobre el dibujo, casi perfecto; quizás dos o tres caídas de ojos más de la mujer para confirmar una sospecha en la profunda sombra interna; entendiendo el artista, pasándose la mano por la barba blanca de dos semanas, que este último arrebato de energía se le está yendo entre los dedos.

-¿Descansamos un rato? –un sutil guiño de mal humor en la mejilla del hombre es la señal inequívoca, a vistas de ella, de que a él le molesta de nuevo alguna muela. –A los dos les duele algo y ya no hay más morfina, ni pastillas para la molestia bucal.

-Queda un poco de arroz con lentejas –su voz decae en el fondo y la forma de invitarla para que ella al menos coma algo.

También hay papas cocidas; todo bien guardadito en tupper-wares más sellados que la locución de ella en los últimos minutos, a pesar de las décadas de fiel servilismo de los utensilios. Él bien sabe que “enfermo que come no muere”, por eso se levanta, una vez más, hasta la cocina, donde se anima a medio masticar una papa, entibiada por el ambiente; permitiéndole a ella descansar, olvidarse de todo por un rato –un buen chiste-; sin perderle la atención en vistazos amables, desde el grueso umbral de madera sin puerta. Pero ella…

Su garganta aguardentosa aceptó los tres bocados de papa en relación inversa a como un enfermo de tifoidea regresa la intensión de engullir un pedazo de chorizo crudo; el asunto culinario nunca logró ser una cualidad en él; simplemente no se le dio nunca eso de revolver cacerolas; por más que ella intentó persuadirlo, inclusive, en algunos de sus cuadros, en los cuales el ingrediente principal era el color de la comida mexicana; en esos tiempos en que él era el caricaturista estrella en un diario importante del Distrito Federal, por culpa de ese trazo sublime que sólo un genio podía crear en la diaria sátira; aunado a la idea punzante de corte político que hacía reír a media metrópoli, a medio país. Era el monero intocable del cheque pesado; de las mil, o al menos una, entre mil mujer extra en su haber; de esa extraña capacidad para sintetizar, en un recuadro, la sinvergûenzada del ministro, el sindicalista cínico, el diputado que se quedaba cómodamente dormido a media sesión de la Cámara; y ¿por qué no?, también algún embajador mexicano en medio del gran escándalo europeo, por estacionarse, ebrio, donde no debía. Impecable el gusto de sus cortos diálogos o la imagen que hablaba por sí misma, en las viñetas del diario, ahí donde más dolía y a la vez provocaba la libertad momentánea del pueblo.

Hasta que al señor presidente de la república le tocó su turno…

No se pudo aguantar; tampoco ella, quien terminó por convencerlo de entregar el trabajo en las oficinas del periódico izquierdista. Ese día, el director del rotativo ni siquiera lo llamó por teléfono; se la jugó junto con ellos, dio la luz verde para que se imprimiera y ¡agárrese quien pueda! Era demasiado lo que estaba sucediendo en las altas esferas de la política mexicana; aun cuando todos sabían lo que se les venía por semejante atrevimiento.

Siete fueron los que terminaron agarrándose como pudieron, en el exilio, “gracias –claro- a la eterna bondad del gobierno federal”.

Con los años el PRI perdió las elecciones, luego de más de siete décadas de ostentarlo, cínico; pero ninguno de los siete puso los pies en México, sino hasta que se declarara, clandestinamente, el gran perdón.

 

 

VI

La silla cruje una vez más ante sus noventa y tantos kilos netos –contando la papa y cubas ingeridas-; pero sobre todo por la angustia, que se le cuece entre lo que le queda de adrenalina.

Prepara otra copa, la necesita tanto como ella el sueño que no le llega. Se exige a sí mismo una indulgencia rudimentaria, compasión que no sabe dónde demonios encontrar, por tantos errores cometidos.

Ella, escudriñando entre sus pupilas, acepta ese brindis unilateral, propuesto por su pareja. Entiende lo que está pasando y decide castigarlo a su manera, sin realmente proponérselo –sabe que ya no hay nada en que complacerlo ni tampoco pedirle cuentas.

El gesto y la corta, arrugada mano de la amada donde más persiste la molestia; animándose a hacer una irónica comparación entre su vencida imagen y  aquella caricatura nunca publicada, donde Juan Pablo I, agonizando, se esforzaba en explicarle a una monja que a él, en el seminario, nunca le habían enseñado finanzas… -de haber salido a la luz pública este cartón, el exilio hubiese sido en la luna, para más de veinte. –El malestar no le impide reírse de tan buena ocurrencia. Él asocia su risa tonta en el mismo sentido.

Por cierto, esta sátira del ex papa, junto con muchas más, autocensuradas del autor, recorre una vez al año el Viejo Mundo y el norte de Estados Unidos actualmente, enlazadas con los trabajos, también anónimos de otros autores, viejos caricaturistas punzantes de casi todo el Continente y España. Este dos mil trece bajo el título “Lo que Hispanoamérica dejó de Reír”.

Praga es la única capital que exige la muestra, cada mes de junio.

 

Ella lo escarmienta todo también; permitiendo que su pequeña luz de voz impregne cada rincón mohoso de la cabaña:

-… No me hagas más preguntas, querido. Haz lo que tengas que hacer.

-¡No puedo!

Cada una de las palabras de ella, pronunciadas tan claras, en absoluta calma; como la hereje que se hinca ante el confesionario, pidiéndole permiso al sacerdote para beberse toda el agua bendita de la iglesia, porque tiene mucha sed; sin faltar un sonoro pedo que así nada más deja libre. –Como si todo fuera volverse a dormir y despertar, con hambre de seguir cuidándolo en su terca vida de pelafustán, ¡tan original, por Dios!

De igual manera se ha guardado para ella los recuerdos eróticos que le provocaron la última inyección; pero todavía necesita ser cómplice, en nombre y apellidos de ella, en él. No lo puede dejar solo, así nada más. Por lo tanto, a manera de auto-juicio final, en carne y hasta esos huesos que ya se le han podrido, declara, testamenta, con el ímpetu, la pujanza mental que sólo la pasión le permite:

-Sabemos bien que muy poco reconocimiento puede tener una persona talentosa, en su tiempo, cuando buena parte de esa minoría, siempre pensante, en todas las épocas, resultan ser unos simples mediocres, absorbidos por el Sistema.

“Por favor, escúchame –así prosigue ella. Oye la voz del artista, de la misma manera en que Charlie Brown lo hacía con su profesora; demasiada lejana, inarticulada, caversona para comprenderla-. Mi amor, la diferencia entre un ministro, un sindicalista, un presidente de este país y hasta un papa; en fin, un imbécil cualquiera, y yo, no se puede medir por metros, ni por palabras. Lo mismo pasa contigo: ahora resulta que eres un tonto. Te han convertido en un tonto”.

La preciosa, añeja dama, cayéndosele los párpados que se arremanga, se exprime en seco suplicio hasta la boca que, como capullito de algodón apenas abre. Sólo por complacerlo contorsiona la sonrisa en guiño herido, tan maltratado, al tragarse, contra su voluntad, una cucharada de ese desabrido, maloliente arroz con lentejas.

-Gracias –musita, como seguramente lo hizo la Madre Teresa en su lecho fatal; sin conocimiento de que en el Vaticano existe una cátedra, post-diplomado, de finanzas-. ¡Dónde está el salero! –agrega grosera; ríe como niña balbuceante  que juega a “la comidita” al lado de la matrona; pero también quiere huir de algo que se le atraviesa, aplastando la gran almohada contra su nuca en un movimiento brusco; así como lo hizo al dar a luz a cada uno de sus hijos, sobre los mismos cojines, en cadencia-violencia ingobernable heredada de ese padre español que nunca imaginó las alturas de esta última hija; y se opuso, claro, a que se casara con ese bueno para nada del pintorcito aquél; hasta que el artista se la robó.

La boca tan abierta, arrugada en una dicha sin nombre; como caracola prehistórica. En el último eslabón el labio inferior le sangra apenas –alucina ella-, por una bofetada cobarde.

Él no pensaba llegar tan lejos.

 

Y la gran cofrade natural que bulle, hierve su fervor, ausente de todo esto, más allá de las paredes de madera –la vida sigue; según lo grita un puma, o dos,  convencidos de haber dejado su propia memoria en la hembra. Ese murmullo tan especial que se siente, más que escucharlo, en abril, cuando la selva se ennerva de celo feroz, montés, bravío; sin necesidad de piedades insulsas que no le incumben, o recordar lo que no conocen ni necesitarán jamás-; y por otro lado, de pulir, y si le es posible al dibujante, suavizar, esconder limaduras, el dejo gatuno en las retinas del dibujo; auspicio del infierno que a ella se le viene encima.

Ese vientre, si bien nunca se sintió cohibido al desnudo, desde niña, cuando tanto le gustaba bailar para todos, mucho menos ahora que él lo ve latir de más, entre venitas marcadas en azul tan opaco, escurriéndose cada una como riachuelo hasta la pantorrilla del  ave que así voló y ahora no puede hacer otra cosa que posarse en su nido-jergón, con sus várices escarlatas. Prólogo de un funeral moroso que Dante, seguro, habría ubicado una cuadra más allá del Paraíso, al borde del Purgatorio; de ser posible, esa mañana en que la vieja herrería de la ventana surcara su cuerpo desnudo, en la azotea.

 

A él le ha complicado, más que a ella misma, que en su propio país no exista ningún recuerdo conocido en encuadre, comentario o mucho menos alguna exposición donde la gente pueda admirar sus muslos perfectos, a los veinticuatro, treinta y tantos; hasta los cuarenta y cinco todavía conservaba el maquiavélico hechizo tantas veces plasmado; por ejemplo, los “flashazos sin luz” de cuando la Junta de Estudiantes del Sesenta y Ocho estuvo a punto de convertirla en su reina sin corona; todo por andar enseñando los calzones al lado de él, entre las minifaldas de la época, encaramados en un auto o en la explanada de la Universidad Nacional –tres valientes fotos de su entrepierna, encalzonada rosa, y al fondo el ejército mexicano disparando a los estudiantes y al pueblo, forman parte de la colección que cada año se va a dar la vuelta a Praga, como preámbulo de los caricaturistas anónimos. –faltó el audio para escuchar, en todo su esplendor, las exquisitas flatulencias que ella le dedicara a los soldados aztecas, en Tlatelolco, entre las carcajadas de tanto héroe sin nombre, ni tumba.

 

Esto sucedió meses antes de la fugaz visita de Jim Morrison a México.

El entonces pintor nunca se atrevió a preguntarle nada a su chica; y mira que, según cuentan, el cantante prefería seguir el ritmo de sus muslos, al subir las pirámides, que admirar las cabezas de Quetzalcóatl, allá abajo.

Ella tampoco pronuncio palabra al respecto, ni dejó lucir el mínimo detalle que la delatara en aquel mediodía en Teotihuacán, detrás de la Pirámide de la Luna.

Observando a detalle aquella escena, al paso del tiempo, el único que perdió fue Morrison, o más bien uno de sus tobillos, luxado, por concentrarse en lo que no debía, durante su ascenso en la Pirámide del Sol; además de haberse negado, el ilustrador de panfletos del Movimiento Estudiantil del Sesenta y Ocho, a plasmarlo en un lienzo, o al menos en una hoja de papel cualquiera.

Él prefiere seguir pensando que Jim Morrison, allá arriba, se atragantó con la última lata de Campbells que, ingenuamente, le recetara Andy Warholl, meses después.

 

 

 

VII

 

La bella chica, cayéndosele las enormes pestañas que se arremangó como pudo, las exprimió en exquisito suplicio hasta la boca que, como rosa en flor apenas separaba sus labios resecos, a la mañana siguiente; sin saber si tocaba al timbre de su abuela –que no recordó, en ese momento, si aún estaba viva-,  o el del amante donde se había pasado las últimas veintitantas vueltas alrededor del sol.

 

Sólo por complacerlo contorsiona el gesto la vieja, al tragarse ahora, contra su voluntad, una cucharada de ese desabrido arroz con lentejas.

 

Con el arsenal de retratos-bocetos-esbozos-matices-óleos, demás gracias y sinónimos que para él nunca lo serán; y hasta apuntes al respecto, por docenas de páginas explicativas de su belleza y, sobre todo sui géneris sicología que él le ha dedicado, guardado todo esto para ellos –sabiendo bien que “ellos”, quizás, no sea nadie-, en casi medio siglo, se pregunta si ella ha sido más reproducida –claro, nunca tan publicitada- que la mismísima María Félix; ¿o Greta Garbo; o Dolores del Río?  Particularísimo patrimonio apócrifo que conserva en el sótano de su biblioteca, más allá de esta sierra, en el sur de la gran capital; exquisitas emociones porque a ella no le gustaron nunca los comunistas -aunque él nunca se declarara como tal, lo parecía, lo vivió.

Gran historia apócrifa que cuentan, por ahí, todavía, los fantasmas de corazón, holgazanes de más de siete décadas en algunos rincones de México Capital, en las esquinas de tugurios de la colonia Guerrero, Morelos, sobre todo: gente cercana a todos aquellos locos.

Pero el pueblo nunca sabrá de ellos dos. La historia parcial la conocen sólo los hijos de esta pareja sin par; porque claro, hay una herencia de por medio; legítimo legado, en suma representación de simples estampas temporales –como la de John Kennedy Toole, que nadie más que ella adivina de su existencia, al fondo de esas pantunflas que él usó el día del gran tango; y que seguro apestan demasiado; si es que no se los han comido los ratones, en su alcoba de un décimo piso.  -Simples indicios de lo que muy de vez en cuando resulta un artista total: la exquisitez oculta de las miradas obscenas.

 

Es imposible arrancarle ese “crash… crash… crash” al longplay, sobre la vieja tornamesa que de puro milagro sigue funcionando, en la aguja tan gastada. Todo en nombre de una cabeza de caballo, pura sangre, en el hipódromo de Buenos Aires. Tango dedicado a la gran clandestina, la insospechada reina de todos; incluyendo el dolor de muelas pasajero que le sigue dando lata a él, en el fondo de la quijada.

Y en la frente tan marchita de la gran musa, ¿acaso sobrevive una milonga, que le quiera dedicar a él?

Ella asiente, sin saber si lo hizo; se esfuerza un par de grados a la izquierda. Él toma el bastón, sin saber por qué lo hace.

¡Cuántas ganas de acostarse a su lado y rendirse los dos!

Ella logra estirar su pierna lo justo para que las hormigas, tan trabajadoras, reconstruyan su ruta y se vayan a otro lado con sus bromas. Él no se da cuenta de este detalle; entretanto reflexiona, ridículo, egoísta, sin separarse del ánimo gemelo, que, de un tiempo para acá, la mediocridad consiste, se ha transformado, puede conceptuarse como el simple hecho de aburrirse por libre albedrío; que exige, obliga, necesita, pero sobre todo absorbe a muchos; incluso a casi todos los que ayer pensaban.

El gran artista necesita jugar a que se muere, para seguirle el juego a ella; quien logra, a hurtadillas de antesala, escuchar su ponencia, con el vientre hinchado. Así, él prosigue, animado por ella:

-¿Habrá alguien que piense hoy? –no hace falta decir que está deprimido; recordando a ésos que repartieron tantas veces sus panfletos caricaturezcos en avenida Insurgentes; ése otro que se quedaba esperando hasta las dos de la mañana la impresión completa en la calle Bucareli- ¿Qué habrá sido de tanto pobre diablo, hijo de puta, hermanos del alma?

Y al regresar a casa había desayuno para todos. ¡Era tan bello!

En todos estos personajes ignotos está ella detrás. La abuela los recuerda; por eso comprende y responde así –el dolor se le va haciendo grande, como el más falso renacimiento:

-Por eso soy, porque parezco no serlo . ¡Entiéndelo imbécil, en buena parte eres por mí!

Asustado voltea sobre su silla, buscando lo que ya no existe. El bastón en el suelo; el dibujo magistral, irreprochable, coronado entre sus manos.

Ha sido, más que un hilito, un hilacho al viento desde el fondo de la garganta de ella que nadie más que él podría traducir; y si bien no es de buen gusto hablar de los muertos, menos de un vivo a punto de cavar una fosa.

Oración reivindicatoria, entregada, de una mujer que no necesitó ser impredecible:

-Todos te han imitado. Ellos no serán nada… ¿Entiendes? ¡Parecen serlo, tan lejos de ti!

“Te perdono, desgraciado. Todo valió la pena, en nombre de los dos”.

 

 

VIII

A través del frío que le sigue recorriendo la espalda hasta la nuca, glacial delicadeza de la guinda en el pastel, en nombre de todos esos lustros, siempre a la expectativa de la siguiente víspera, ella accede a colocar el pie izquierdo como el artista se lo pide, para redondearle la belleza al dedo gordo en la obra, ahora sí, culminada.

Se seca por enésima vez el sudor hasta el pecho, con el pañuelo de tela ahora en tono enfermizo; mostrándole, pareciera a propósito, sus tetas colgantes de abuelo, entre el ensortijado pelambre cenizo hecho nudos hasta el ombligo; recordando ella, en otro fugaz chispazo de su mente en retirada, cuando le recortaba el pelo púbico a su pareja, a ese grosero semental, con tan extrañas costumbres e inusuales rarezas en la vida diaria. –Lo de menos es esta enfermiza fatiga-senectud, pues un volcán despierto puede continuar con su mostruosa erupción, a pesar de la furia del huracán que lo envuelva.

Carmina se llama, todavía, este huracán.

 

El lápiz mina rebota una sencilla pirueta sobre el polvoso entarimado, sin hacer ruido. Ahí se quedará, en el piso, hasta que cualquiera de sus nietos, sin cabeza, pero sobre todo sin pies lo pise –distraído seguramente, como el abuelo famoso-, muchos meses después, años quizás, por culpa de la burocracia testamentaria.

Esto de las herencias es cosa seria en países como México, cuando hay carroñeros intentándolo leer desde lo alto, antes de la fecha oficial; aunque el burro esté todavía fresco-. Mucho les insistió siempre la madre Carmina a sus hijos para que no criaran a los nietos en lo fácil; a las hijas también les mostró el arte de escoger a su pareja con sabiduría –“¡… y quién te ha dicho, tonta, que debes casarte con él sólo porque lo quieres!”-; o cómo reconocer a la mujer mala, de cerca y de lejos; y a la buena, nunca de cerca, mucho menos de lejos; sólo dentro de ti.

En fin, ojalá que la puta que el nieto meta aquí, en el santuario de los abuelos, no tenga la planta de los pies tan suave como para pincharse con la aguja hipodérmica, bien puesta en la jeringa, que ha rodado hasta una pata de la cama, sesenta y tres centímetros a la izquierda del envase de dos litros, vacío, de cocacola light; allá, en los días en que esta larga historia tome el matiz de propuesta para convertirla en parte de la historia nacional; que lógicamente nunca será incluida en los libros de texto, procurando que las nuevas generaciones no la conozcan, ni por error.

La única jeringa que el esposo se atrevió a usar dos veces.

El longplay parece pedir disculpas dentro de su funda rota, convertido en desabrido, marchito arreglo floral sobre el espantoso, tan quieto que duele, y hasta huele a bulbo quemado ese cuadroide obsoleto de la tornamesa. –Procura no hacer ruido alguno para que ella repose en paz.

Esperemos que el nieto no confunda, llegada la fecha, el disco de tangos con un carburador de auto, última generación; o al tocadiscos con una máquina de telégrafos o ultramoderno computador –son todos ellos tan ingenuos en su modernidad…

 

Se ve en la penosa situación de sacarle un largo jirón a la sábana, con la navaja suiza, asustado, improvisando, lento al reaccionar, a horcajadas al pie de la cama, fuera de su vista el bastón; todo esto para que esa boca que le dijera tantas mentiras a tantos imbéciles, y a él le mostrase el exquisito camino del silencio necesario, deje de abrirse dolorosa; estirándose también la señora en un arco que le duele al dibujante en el orgullo. –La muela del juicio no le dolerá nunca más.

Aprieta los ojos en clandestinos jadeos; puja y arremete en el nudo lo que pueden sus pocas fuerzas sobre la quijada; pero ella le gana la partida; como si quisiera gritarle su último adiós.

La cofradía de las aves termina por ahogar su protesta sin sustento, un débil reproche hacia sí mismo; que la preñez natural, en su apogeo, siguen rindiendo tributo poderoso hasta la costa, para que todos se enteren de lo que deben saber, ni sabrán.

 

 

 

Le parece de pésimo gusto que el aroma a lentejas fermentadas se escape hasta la puerta, cuando la cierra por fuera, con todo el cuidado que su vacilante pulso le permite. Echa dos vueltas a la llave, en la floja cerradura, porque no puede darle otra.

La madera exterior de la cabaña hace recordar la profundidad del bosque; donde una vez descubrieron una cascada y se bañaron en ella, en pelotas y a grito vivo porque nadie los escuchaba, más que los gigantescos árboles de leña tan endurecida en su fragilidad que la musa logró arrancarle buena parte de la piel a uno de ellos; y él la pintó ese día, bellísima en el cóncavo de esa epidermis del nogal que todavía vive, bien oculto en la selva; y en el closet ella empinada en cuatro patas, oculta en la corteza, para contarle esta anécdota a nadie.

Nunca se les ocurrió pasarle una mano de pintura a la cabaña; no hacía falta. En época de lluvias, cuando algún huracán se las ingeniaba para encontrarlos, les daba lo mismo –el volcán-pintor seguía con su arrojo y estallidos-: los cimientos siguen tan firmes como la primera vez en que el piso se vistió de un musgo tan vivo que ella, encantada de su nueva alfombra, bautizara a su segunda casa como El Castillo Verde.

 

El viejo desciende cada uno de los tres escalones en la cámara más lenta, desesperante; fabricados éstos de los intestinos de una caoba, hace poco más de un siglo. -Acaba de recordar que padece de reuma, al tiempo que su manojo de llaves cae el suelo, entre la hierba crecida.

-¡Puta! ¡No lavé la bacinica!

Ni el baño. Tampoco abrió la otra ventana. Ni siquiera se cambió de ropa. –Se le introduce en la nariz el aroma putrefacto de los restos del burro.

Busca las llaves del auto; pero ¿quién las necesita cuando se encuentra, como tantas veces, a la puerta del hogar, esperando a que le abran, a las dos de la tarde de un sábado cualquiera?

Al sacar la mano del hondo bolsillo de su apestosa bermuda, también se pierde el peine con el que le maquillara el revuelto cabello, en ese mutuo mirar cómplice, minutos antes de patear la jeringa; que hasta el lápiz mina perdió su punta tan afilada.

El mango del bastón asoma entre el matorral, a un metro de los escalones. Una pareja de lejanos lagartos aciertan en el toque que faltaba en la selva, para que ésta declare su madurez; parecen estar haciendo gárgaras allá abajo, en la barranca.