
I
Rafael ya no está para estos trotes; él lo sabe.
Hace mucho que perdió la cuenta de los días en que ha salido de Casa tan sólo por el diario en el quiosco de la esquina; dando además una vuelta completa al parque para aflojar los huesos y de paso las pupilas con alguna chica que llame su añosa, fugaz atención. A veces también le gusta sentarse en una banca, de frente al Hogar, contemplando intrigado el discreto campanario repleto de palomas y de sol.
Desde hace unos días, a eso de las diez de la noche, la campana vuelca su canto en un solitario toque, sonoro, inconcluso, por medio de la larga cuerda colgante, libre al viento de la tarde a un costado de la pequeña torre rectangular; sin que nadie tenga la menor idea de quién demonios osa llevar a cabo semejante sacrilegio.
A pesar de uno que otro pasatiempo pasajero, siguen siendo jornadas pasmosas con la respiración contabilizada hasta el mediodía, ahorrando Rafael mesuradas aspiraciones para el retorno ascendente hasta el segundo piso, donde Sara siempre lo está esperando con actitud marcial, en lo alto, del mismo lado de la amplia escalera de caracol, como insobornable juez reprochándole su grito chillante, alarido de hiena malhumorada, llegar cada vez más tarde al almuerzo; jadeante el hombre con el corazón empuñado hasta sus ojos retozones que todavía reflejan vida.
Rafael no recuerda cuándo fue la última vez que se subió al metro. Sus cálculos confusos lo invitan a calcular quince años; tal vez son veinte, aquel último encuentro clandestino en una calle que ya ha olvidado.
En esta urbe, los bastones, los sombreros de bombín, así como esos galantes pasitos arrastrados, lustrosos, seguidos uno del otro por puro instinto para no perder de vista la lenta sorpresa en cualquier detalle cercano que sus gruesos anteojos le permitan ver, todo esto forma parte ahora del amplio repertorio de cronistas de la ciudad amantes de pormenores adornados por personajes como el viejo Rafael. Olvidadas memorias de mansos tranvías en lugar de estos hostigantes vagones anaranjados, sincronizados en discreto estruendo transformado en murmullo al abrirse las puertas de las cámaras de mil gases, condenando a muerte a quien no se enlate en ellas en los segundos suficientes para lograr la supervivencia sin cobrar aliento.
El anciano está aturdido, entre resoplidos auditados sin previo aviso por culpa de docenas de pasajeros que por momentos obligan a su sangre a declararse en quiebra de aire, provocando discretos jadeos del caballero, cuyo perfecto bigote blanco semeja la angustia de un pequeño gusano contorsionándose en huida sin tregua ante un mundo desconocido. Se siente como conejillo cercado por rapaces al asecho, indefenso; pero no le importa, debe llegar a su destino cueste lo que cueste. No puede faltar a la cita más importante, se lo augura ese presagio que de pronto lo cautiva en la única razón impostergable de un quejido reprimido en su pecho.
Si no hubiera sido por el diario no se habría enterado nunca. Fue una coincidencia; casualidad de la fortuna asociada con la suerte; el caprichoso destino marcando su vida hasta este momento en que osa cruzar la ciudad ilusionado de una ternura conmovedora que logra nublar su vista tres estaciones adelante, cuando buena parte del pasaje baja, dándole oportunidad al conejillo de ocultarse en un matorral, doblando su cuerpo dolorido hasta lograr sentarse, pesado, bombín y bastón en manos, a mitad del vagón; invisible la presa para el resto que vuelve a colmar la larga serpiente de metal.
De nuevo en marcha. Le molesta ese jalón hacia atrás en su frágil cuello, producto de la aceleración; tan diferente al suave andar del tranvía sonoro, oloroso en travesías de aquellos paseos, avenidas y ese porte delicado de ella cuando subía alegre, con la frente despejada de infortunios, amplia en horizontes de blancura; bella en discreta coquetería que no era otra cosa que el radiante espíritu aprisionado por él cuando la chica de linda figura y ojos chispeantes terminaba turbada al reencontrarse ambos, sin más remedio que hacer otra cita con la simple mirada, tirando del cordón de la campanita en San Juan de Letrán; ingenuos de que la ciudad completa era su escondite, por última vez quizás, sin importarles las circunstancias; las prisas, la angustia de ella mientras las manos de él le colocaron aquel discreto, delgado collar alrededor de la tersura de su cuello, atreviéndose a besarlo por primera vez, aprisionándola para no perderla, para derramar su pasión en un secreto que nunca nadie conoció realmente; excepto las oscuras entrañas de las farolas alargando atisbos al final del callejón.
Es verdad, Rafael ya no está para estos trotes. Media hora de viaje lo han convertido en un saco magullado repleto de incógnitas sin orientación:
-Disculpe usted –se dirige pausado, ausente, con voz casi extinta, acomodándose trémulo los anteojos, al pasajero vecino, un vendedor de libros concentrado en encontrar las palabras para convencer, en cuanto salga a la calle, a cuanto incauto se encuentre, que la velocidad de decisión es la manera más viable de ganarse un envidiable lugar en cualquier estadística de moda- ¿Falta mucho para Xola?
-¿Eh? –el vendedor no deja de guardar ágil, a pesar de su cotidiano nerviosismo, docenas de papeles y folletos relacionados con novedosas ediciones conmovedoras que hacen dudar entre la mercadotecnia y el romanticismo en mínima diferencia. Finalmente cierra su triste portafolios de plástico; el timbre avisa a todos que la vida terminará renovándose en los segundos suficientes para que Rafael se aferre, preocupado, a otro incierto sentir en su pecho- ¿Xola?... eh... ¡es la siguiente, señor! –el joven escapa, no le queda más remedio; sin esperanza de reencarnar del otro lado de la puerta corrediza; como todo ser vivo domesticado conforme a las modas, ya sea que estas duren un mes o logren sobrevivir varios siglos.
II
Rafael está acostumbrado a esa extraña clase de paciencia perdurable capaz de moldear la desesperación en sublime lapso de armonía. Vio morir la tarde, madurar la noche, memorando, evocando; más que esto revivió tanto, que mucho sufrió sin saber por qué, por una parte, todos esos extraños lo observaban curiosos en su rincón, abstraído, sentado apacible, bombín reluciente y bastón recién encerado entre sus dedos temblorosos, sumergido en un mundo tan real como lo puede ser un pasado sincero. Sabe que más de la mitad de los presentes se marcharán antes de que se termine su taza de café. Tal vez se vayan todos; excepto la festejada, quien seguramente ya ha notado su presencia; pero como siempre, el porte delicado, ese apacible espíritu turbado ante una cita más, independientemente de las circunstancias; temiendo que se atreva a prenderse de ella, de nuevo, entre el secreto guardado ahora por la pesada penumbra que tan bien ha logrado domesticar, desde hace veinte siglos, la moda más grotesca del mundo moderno.
Nadie parece darse cuenta de que es una velada sublime para ella; para él resucitando el mutuo vicio encarnado de sus labios que sorben ruidosos la tercera taza de café, solo; excepto por alguien que en todo este tiempo no le ha quitado la mirada de encima, intrigado, en el extremo opuesto de la pequeña sala.
El corazón del abuelo se encuentra fatigado. Ese costal dolorido desea al menos arrancarse las incógnitas al asomar sin prisa en la morada en la que ella recibe ahora su última carta.
-Disculpe señor... ¿qué está haciendo? –le pregunta en voz baja y semblante en pena su único acompañante, levantándose de inmediato al ver que Rafael ha colocado sigiloso un pequeño sobre blanco, modesto, sellado, en la parte superior, alumbrada tenue, de ese ingenioso rectángulo que raya en el gótico.
-No se preocupe, amigo –responde Rafael, volteando despacio para apreciar de cerca ese rostro que le resulta de cierta manera familiar. No logra detener un caudal de exhalaciones aprisionadas ante lo que sus pupilas le acaban de revelar, a tal grado que su voz apenas logra acomodarse en el triste sentir del hombre a su lado-. Es un secreto entre ella y yo –sigue el viejo-. Una simple carta, sólo eso.
-¿Quién es usted? –la soledad que los acompaña invita al tipo a levantar un poco la voz, preguntando lo que tanto ha llamado su curiosidad desde la tarde; sintiéndose de cierta manera violado en su intimidad ante la presencia de Rafael, a quien nunca había visto en su vida.
-Tomando en cuenta lo que me une a esta mujer –dice Rafael, asido del barandal metálico que enmarca al lecho-, creo tener derecho a preguntarle primero, con todo respeto, ¿quién es usted? –adivinando la respuesta en la manera de mirar del otro.
Las últimas palabras, la incógnita convertida en certeza; en débil sonrisa en el rostro de Rafael, ha sonado como sordo grito de una campana sin badajo en el intruso; cuando se supone que el intruso es el honorable personaje.
El cuadro es singular, inmejorable. Perfectos desconocidos reclamando los derechos sobre el amor de una mujer en disímil perspectiva. Uno de los dos, de cuarenta y tantos años, quizás cincuenta, está perplejo, sin saber qué contestar a la pregunta del vejete. Rafael se aguanta las ganas de declarar su intuición; o tal vez lo dice todo, sin decirlo:
-Si yo la hubiera conocido tres meses antes, la vida habría terminado renovada –animándose, venciendo el miedo, se asoma al fin a verla, alargando su cuerpo incierto hasta que el acompañante se siente conmovido ante la profundidad de lo que observa, pero sobre todo de lo que ha escuchado, aun sin comprender; retirando, de cierta manera compasivo, el barandal para que Rafael se acerque un poco más; transportándose al instante hasta San Juan de Letrán al sentir las molduras caprichosas de esa morada tan fría como la luz tenue de aquellas farolas ocultándolos a ambos bajo sus delicados párpados corridos; confirmándole a Rafael la verdad al interpretar el suave gesto del rostro dormido, ¡tan arrugado, por Dios!; pareciendo sonreír apenas. Asoma entre los pálidos dedos lo que se supone es un rosario, que más bien es aquel collar serpenteante una y otra vez en los nudillos, para perderse luego entre la suntuosa ropa blanca, un tanto solemne para gusto del anciano. –Su falta de equilibrio coloca una solitaria gota cristalina en cualquier esquina del cristal. El bombín que tantas ocasiones ella tirara al suelo al abrazarlo, colocado sobre el bastón que miles de veces la llamara en vano, son muda pareja olvidada en un cobijo del recinto en sosiego.
III
-¿Qué habría sucedido si usted la hubiera conocido tres meses antes? –le pregunta Rafael al hombre senil.
-Nada importante; ya sabes cómo somos los viejos. No pienses cosas que no tienen razón de ser. Si la hubiera conocido tres meses antes, tú te llamarías igual. Nunca dudes de ella; ella siempre fue una dama.
-¿Sabe que San Juan de Letrán ya no existe? Ahora esa calle se llama...
-¡No me digas el nombre!... –haciendo un además vacilante pero enérgico con su mano izquierda; evita a toda costa que la nobleza del ayer se esfume al igual que aquellos cirios profanos.
Para su medio siglo de vida Rafael conserva buen aspecto, cordial semblante. Posee ese aire un tanto despreocupado de algunos solteros, sobre todo en el mirar siempre inquieto, en sus palabras que fluyen extraviadas, solitarias a veces, con cierto acento grave al pronunciarlas escasas; nítidas todas como las pocas canas rozando la amplia frente que por momentos se frunce al voltear en busca de más incógnitas:
-Hábleme más de ella –le pide al anciano.
-Ya te he contado todo... –el viejo sigue sintiéndose cautivado por esa chispa saltarina en los ojos del hombre maduro- No sabes el gusto que me da que mi carta la acompañe.
Al escuchar esto, a Rafael le vienen de golpe a la mente todas las calladas revelaciones que durante la madrugada el viejo le confesara, entre tazas de café compartidas en exquisita charla cómplice, a manera de inusitado testamento de honor.
No le es posible soportar más la incertidumbre. Tiene que preguntarle al inverosímil veterano de andanzas lo que más le intriga desde su insólita presentación, hace menos de veinticuatro horas:
-¿Por qué afirma que ayer fue el día más importante en la vida de ella?
-No hagas más preguntas –arrugándosele el cuello al voltear hacia la izquierda, como una gastada bolsa de papel en manos de quien pretende desenterrar un perdón-. Lo fundamental ya lo sabes, y no quiero que lo olvides nunca –Rafael, el achacoso Rafael, jamás en su vida aprendió a vender nada; excepto su alma al diablo de muchacha que tarde tras tarde acompañaba en una ruta inexistente. Prefiere cederlo todo a quien podría considerarse su legítimo heredero, para liquidar de una buena vez la última deuda de su vida.
-Y bueno, a todo esto, ¿cómo se llama usted? –le pregunta sonriente al anciano.
-¿Realmente nos interesa? –limpiando calmo, en astuta respuesta, los lentes redondos un tanto empañados de sus anteojos con la solapa del añejo saco; colocándoselos de nuevo después de apretar ceremonioso la corbata ajustada al cuello amarillento de su camisa. Tres parpadeos le son suficientes para aclarar de nuevo la vista al reconocer la entrada a su parque- ¡Aquí! –grita un susurro-, da vuelta a la derecha... así... sigue... ¿ves el quiosco? Ahí déjame –el bombín y el bastón vuelven a la vida, tomándolos del asiento trasero. Le quedan tan pocas aspiraciones y todavía tiene que escalar hasta el segundo piso...
Esta noche, el viejo Rafael comprende que las coincidencias no existen. Al pasar al lado del quiosco cerrado algo le dice que mañana le dará lo mismo comprar el diario. Sus huesos los siente duros como nunca; sus ojos libres, al fin libres, como siempre lo deseó.
La gente común generalmente valora la vida cuando ha estado en peligro de muerte. La gente interesante podría morirse en cualquier momento; la vida tarde o temprano trascenderá sus secretos; aunque olviden su nombre, repetido en contrastes de fortuna en la siguiente generación.
Rafael estaciona el auto lujoso exactamente donde le ha indicado su confidente. Los potentes faros iluminan en fiesta el triste letrero de la “Casa Hogar para Ancianos”.
-Ahora ya sabes dónde vivo. Si no estoy aquí, me hallarás perdiendo el tiempo en el parque. Lo que me sobra es tiempo; lo que a veces me falta es vida... Sabes una cosa, muchacho –agrega el rendido caballero, al momento de colocarse el bombín mientras la goma del bastón reconoce titubeante su territorio, con la portezuela del flamante auto ya abierta-, Aquel sobre contenía mi vida, sin tiempo.
IV
Rafael durmió muchas horas sin el menor sobresalto, a pesar del medio litro de café y el peso de las incógnitas que finalmente se ha sacudido de los hombros encorvados.
Al despertar, en su pequeño, modesto cuarto, lo recuerda todo, incluso los gritos e inútiles regaños de Sara, como estatua inconclusa de sal adornando el último peldaño de la escalera. Esa monja menopáusica, esquizofrénica y aburrida que estuvo a punto de perder el juicio, junto con el médico y el director del asilo, ante la eventual desaparición del huésped distinguido; elegante todavía al amanecer, con esa rancia corbata negra y el saco arrugado no menos cautivante.
El hábito más arraigado puede ser domesticado por un detalle, momentáneo, insignificante, pero sublime. Rafael sufre de pronto terrible presagio al incorporarse de la cama; ahoga en silencio su grito mientras se retira la corbata.
Las gotas de lluvia todavía escurren en el cristal del tranvía que la viera alejarse con una carta entre sus manos de mujer, partiendo a la distancia; al igual que el corazón cansado del viejo, el cual lo invita sin prisa a retornar al sueño, por unos cuantos siglos, para empezar.
Horas más tarde, un par de chicos traviesos huyen entre risas por las calles aledañas, luego de anunciarles a todos en el barrio, con ese fugaz redoble de la campana, que la última corazonada de Rafael lo ha acercado a su verdad.