jueves 3 de mayo de 2007

Sinopsis de un Cadáver


La muerte es tan diversa como la vida. Semejantes ambas en lo profundo, sustancial; en lo que siempre ha sido pero nunca alguien advierte.
El cadáver es un género, uno de los dos géneros innatos que posee la creación. –No me refiero a la naturaleza en sí, sino a su orden intrínseco. Por decirlo de alguna manera, el desenlace de la creación.
El otro de estos géneros no es la vida, más bien la animidad del cuerpo.
Partiendo de lo anterior, tomando en cuenta que la naturaleza nunca se equivoca pero sí tiende a darnos sorpresas, un cadáver no siempre es directamente proporcional al porte, apariencia, aspecto; y por otro lado, al temperamento, estilo o sello personal que poseyó su cuerpo animado.
El cadáver más triste es el del arácnido, o un insecto llevado por el aire; cáscara fraccionada después del banquete de las hormigas o crucificado en la sala de una lúgubre telaraña, con tres o cuatro patas sobrevivientes al asalto, retraídas; pareciendo gritar, cada uno de sus pelos, el martirio sufrido.
Las aves representan sin duda el fallecimiento puro, la inocencia del capullo, de un retoño sin mañana. Un ave muerta, incluso desplumada por su captor, no pierde esencia. Los restos de un perro son el costal que olvida el vagabundo en un inexistente cruce de caminos. Despojo fiel a su vocación: sin pertenencias ni ser realmente de nadie. Una de las pocas víctimas de la codiciada libertad.
El humano difunto, sin excepción, adquiere, conserva o profundiza dignidad en su rostro; pero hasta en ese postrer momento mantiene su eterna contradicción: es la materia más hedionda del reino animal.
Al fin cubierta de hojarasca, a manera de fortuito mausoleo, el ave es la única que invariablemente muere con los ojos cerrados; en esto radica su virtud, su candor.
Si sus tripas huelen a neumático a mitad de la carretera, o si su mirada indescriptible se despide entre la compasión de unos brazos, un perro siempre aparenta dormir la siesta; en caso de terminar con los ojos abiertos, parece pensar.
Acuchillado en el anonimato de un callejón; acaso con maquillaje y toda la pompa de la Catedral, de cualquier manera el humano al fin deja de pensar. Es el cadáver que, en términos de nuestro inconsciente, refleja mayor desamparo, abandono, lejanía; el verdadero, necesario olvido.
El orgullo del hombre confundido con el hambre de un ángel, aleteando su gula sobre el capullo de alcatraces marchitos, da sentido a la tumba abandonada.
Las aves cantan sin pasado; los perros huelen tu presencia; una araña forja, en la cruz, el enredo de símbolos que nunca advertiste: la vida a punto de ser renovada en el cruce de caminos.

La Fosa

Quien ha sentido el andar sigiloso de una araña sobre su piel, sabe que el roce de un pañuelo perfumado se percibe más aún.
Sé que de abrir la puerta mis retinas se contraerán con la velocidad de una trampa para conejos entre la hojarasca y ante la oscuridad cómplice de estos ridículos mausoleos.
Hasta la pradera llegan los lentos acordes del órgano, allá, en la iglesia; acompañando el lánguido lamento de mujeres salpicado por la lluvia que cae de los tejados hasta mi morada en esta madrugada.


Algo me dice que todo ha sido un sueño; más que un sueño una simple ensoñación. Burdo esbozo ensayado sin parlamento; el inicio del surgir, instrucción primera. Mi propia trampa sangra sus heridas dando paso al origen, puerta tras puerta hasta llegar al barranco.
Aquí en el fondo habita la originalidad desnuda, tan deseada.

Despido una a una las disyuntivas de simples dificultades cuando mis párpados se corren a pesar del llamado fúnebre de aquellas mujeres sin partituras.
A cada campanada menos ganas tengo de abrir los ojos. Es confortable el hormigueo de patas y algunas ratas prestas al húmedo festín; como si nuestras sábanas lavadas en el río, puestas a secar al sol, al viento ligero de aquellas tardes entre las ramas de los manzanos, se deslizaran piadosas sobre la tierra mojada hasta cubrirla por completo; llegando apenas el aroma de esos tres pañuelos con olor a sexo, a lágrimas; a su amor.

El Fabricante de Hoyos

No tiene nada de malo hacer un hoyo para tapar otro; siempre y cuando se sepa manejar la pala como un artista; si se entiende que una circunferencia puede comenzar su trazo en cualquier punto fortuito para cerrarlo en lo que la moral, el sentido común o el orgullo interpretarían como lo correcto o verdadero, según su propia perspectiva.


No tiene nada de malo fabricar hoyos. De hecho los Beatles lo propusieron en “Fixing a Hole”, con moraleja incluida; a diferencia de Bukowski al narrar lo cómodo que se sentía el genio habitando en una alcantarilla.


No tiene ningún sentido dedicarse a la industria de los hoyos si se piensa lucrar con ellos. Los hoyos son espacios de espera accidental, esperanzas polarizadas donde lo mismo caben las canicas de la infancia, las monedas de plata del bisabuelo o nuestro propio cadáver.
Los hoyos son sucesos de curiosidad inmediata o postergación indefinida. Nunca algo que nos servirá para cubrir expectativas dentro de una semana. Es por esto que las personas apasionadas los necesitan, los provocan, los destruyen.


Un trabajo ortodoxo sirve para defenderse en la vida. Los trabajos heterodoxos generalmente sirven para defenderse de la muerte.
Los niños que temen a los hoyos se convertirán en defensores de una moral extraviada en los paradigmas. Los que gozan rascando la tierra con sus uñas sucias, con el único fin de resguardar otros hoyos, habrán llevado su sentido común al límite de lo permitido; aventurándose un buen día a culminar la estrategia, la decisión llevada al extremo: seguir escarbando.

Quizás sea una falacia hacer hoyos durante toda la vida, pues los trabajos ortodoxos sirven también para ocultarlos y no dejar huella de ninguno de ellos.
A final de cuentas, ¿qué representa un hoyo? ¿la ausencia o la búsqueda de algo?
Tarde o temprano la inocencia se encargará de exhumar la idea de uno de tantos cava-hoyos ya sepultados.

El Padre Karras

El padre José llegó puntual a su cita. Mamá lo había invitado. Yo presentí que iba a ser una larga sesión.
Desde un principio decidí fingir para evitar pelear; de esta manera me persigné cuando el sacerdote invitó al Señor a darle el visto bueno a la sopa, al guisado y al agua de limón.
Finalmente nos sentamos a la mesa iniciando la ceremonia principal: la comida. -Afuera seguía lloviendo.




Conocí al padre meses atrás; mamá le prestó un ensayo mío esperando su opinión; pero para su desgracia él tampoco lo entendió.
Siempre me pareció que su rostro no podía mentir: era un ser atormentado, lo delataban la mirada y esa voz cansada para sus cuarenta y tantos otoños; además de los tonos de negro que invariablemente lucía, armonizados con alguna bufanda café y zapatos rectangulares enemigos de un tacón gastado. Era muy parecido físicamente al personaje del “Padre Karras” de la película “El Exorcista”. De hecho ese día estuve tentado de nuevo a preguntarle si alguna vez había practicado un exorcismo; la duda de mi parte representaba un enigma válido por sí mismo.




Aquella tarde mi madre no perdió tiempo en pedirle a José que me orientara; de inmediato la sopa en mi boca sufrió una amarga mutación.
José estaba al tanto de mí y no disimuló en lo más mínimo. Inició diciéndome, amablemente, que debería decidirme a recibir la gracia de Dios asistiendo a misa cada semana; que mi pereza era obra del diablo; mis blasfemias su triunfo; bla, bla.
En el fragor de la charla logramos un tambaleante punto de equilibrio respecto a los Salmos y los Proverbios. Se irritó un poco cuando afirmé que el Profeta Ezequiel describe perfectamente un contacto extraterrestre en La Visión de Yavé. Se molestó realmente ante mi cinismo, al recomendarle leer el libro “El Caballo de Troya”.
Me desilusionó al negar conocer los Evangelios Apócrifos -cosa que no le creí. Claro que llegó el momento en que intentó reponerse:
-La única palabra verdadera es la de Dios -afirmó contundente.
-El Corán, por ejemplo, ¿también es palabra de Dios? –le pregunté.
-El tiene muchos caminos; sólo un significado.
-Yo creo -respondí, más calmado- que el hombre de este siglo es tan vano que no sabe interpretar la esencia de ninguna religión. Una crisis circular puede conducir al suicidio, padre; la espiral siempre logra encausar el amanecer a opciones desconocidas.
-… Sólo El sabe cuándo nos recogerá -dijo, luego de suspirar como un viejo; bajando definitivo la mirada en busca de su cuchillo... para partir su chile relleno
[1].
Tanto él como mamá comprendieron que era tiempo perdido seguir alegando con un pobre necio como yo.



Siempre he tenido la costumbre de comer rápido -los sicólogos dicen que sufro ansiedad; la ciencia no se anima a interpretar la pasión-. Terminé de masticar el último dedo de Cristo cuando mamá y José apenas peinaban la cabellera del Hombre.
Me levanté de la mesa no sin antes disculparme ante el padre. En otra ocasión le diría al buen Karras que los significados no interesan; acaso las interpretaciones personales.
Laura esperaba por mí –juro que Yavé y todas sus glorias se regocijaban en su sentir.





A pesar de todo es probable que José sea un buen hombre; con esa firme convicción que, imagino, hasta la fecha defiende. Era valiente.
Si no me equivoco fue el clásico seminarista absorto en el deber más rígido como consecuencia de unos padres demasiado prejuiciosos; de los siniestros caminos que envuelven a un ser humano desde el vientre materno, cuando la desesperación de un porvenir macabro se aproxima; y de muchas otras cosas.
Karras siempre verá por su madre -como en la película-; aun cuando, ojalá, algún día se anime a cambiar, de vez en vez, el hábito por cierto hábito que le ayude a liberar su mirada.




Me senté a la mitad del autobús urbano. El semáforo estaba en rojo. A la izquierda del autobús frenó flamante una motocicleta superequipada cuyo piloto lucía un impecable atuendo color amarillo canario acorde a su condición. Por un momento pensé que Flash Gordon había llegado a la ciudad.
Tanto el autobús como la moto se ubicaban al frente de esa barbarie de langostas metálicas llamadas automóviles -tal y como los definió alguien cuyo nombre no recuerdo.
El autobús a tres cuartos de su capacidad. Por su parte, el piloto sabía bien la clase de máquina que llevaba; esto lo obligó a desbordar su vanidad forzando en gran medida el motor; mientras tanto esperábamos el verde.
Cuando el semáforo sonrió, el chofer y el piloto aceleraron a fondo en el crucero.
De pronto, la motocicleta patinó en el asfalto mojado. Fue cosa de segundos. El arroz se había convertido en una masa pesada dentro de mi estómago.
El chofer se orilló metros adelante. Bajamos todos; como buenos ciudadanos nos dirigimos enseguida a admirar la escena.
Briznaba. Finalmente llegó una patrulla; luego una ambulancia; antes que ellos hizo su aparición un Volkswagen de tono más intenso que el casco destrozado del piloto.
La patrulla se llevó al chofer; una enorme grúa se llevó el camión; una camilla guió los restos amarillentos hasta la ambulancia.
El Volkswagen se esfumó antes que todos: faltaban escasos cuarenta y cinco minutos para el inicio del noticiero a nivel nacional.




Interpretar a la suerte es creer que Dios es un ocioso fabricante de caprichos.
Cuando el arcoiris luce todos los tonos del negro, una oruga con zapatos puede brotar orgullosa entre el pasto mojado; provocando que tus placeres mentales florezcan.
Esa noche tuve la agradable fortuna del insomnio. Durante la madrugada experimenté toda clase de orfandades; hasta que al fin me quedé dormido, soñando con mi propio sepelio.
Familia, amigos. Una mujer.
-¿Eres tu? –me preguntaba Laura.Un poco alejado, bajo una discreta sombrilla, Karras observaba.
[1] Chile relleno: platillo típico mexicano. Variedad del llamado “chile poblano” relleno de queso, verduras o carne molida, además de empanizado.

martes 1 de mayo de 2007

El Secreto de Clara

Si las pupilas emanaran luz al momento de sentir profunda emoción, toda esa hierba, como crin rebelde cubriendo parcialmente la enorme piedra, se tornaría en jazmines haciendo olvidar la tristeza de su morada.
Una ardilla se aleja brincando entre las matas. Clara parece despertar de un sueño que le augura presencias; rodeada de claveles y alcatraces, los cuales alargan apenados sus sombras confundidas entre el polvo de la tierra marchita. Las aguas verdosas intentan prolongar su viveza; la fe de ese par de señoras tristes, ficticias quizás, secan sus lágrimas con los delantales alguna vez coloridos, ondeando fugaces heridas al tiempo que cargan esos ramos enmohecidos al intentar atajar el polvo rebelde que por momentos las cega de esperanza.
En cambio a Clara le gusta ver las diminutas olas de tierra surcando la losa una y otra vez, sin descanso desde las primeras horas de la tarde; como si toda la evocación pudiese ser abarcada en un par de efímeros renglones por caprichos del viento. El tiempo ha hurtado ya una “R” y hasta la “N”, acentuando más el aire de abandono en los floreros vacíos, cuarteados; lo mismo en las cosas que ella le sigue contando en silencio mientras observa curiosa el camino serpenteante de un pequeño ciempiés recorriendo el borde de la piedra, apenas camuflado por la hierba que parece ser lo único que encierra vida alrededor.
A excepción de aquella casita de rosas deslucidas que a Clara también le agrada visitar cuando viene a este lugar. Asomándose entre la ceniza del cristal se sublima ante todas esas muñecas luciendo sus mejores galas, todas ellas atentas a la niña de la fotografía, al fondo del cobijo que la ampara entre velas sin cera y viejos detalles sinceros.
Mañana es domingo. Con un poco de suerte algún pariente de la niña de la fotografía, entre todos esos parroquianos meditabundos que desde temprano comienzan a llegar con disfraces de santos nocturnos, se decida a visitar a su bisabuela. Tal vez esta misma noche uno de los vecinos le ofrezca a la nena abandonada un trueque entre una de las muñecas de fantasía para regalársela a su hija a cambio del resto de sus letras oxidadas que a él ya no le sirven para nada.


Clara se despide, juntando apenas por un instante sus húmedas pestañas para evitar la menor sospecha de lejanía y las posibles murmuraciones de la dinastía Callejas, pareciendo siempre asomar las narices desde su vecino aposento caleidoscópico. La chica oculta su rostro íntimo de aquel querubín con sus alas de smog iluminadas por las primeras farolas de la ciudad.
Pero antes de irse, antes de partir, ella quiere volver a ver aquellos ojos que desde hace unos meses la mantienen cautivada.
En las últimas tres semanas el exceso de visitantes la obligaron a retornar sobre sus pasos antes de acercarse a la esquina del Señor Brown y los Prado Montemayor, cuyos monumentos –suele pensar Clara, divertida- son más grandes que su propia casa. Hoy ha tenido suerte. A lo lejos no se advierten las lúgubres filas de autos listos para comenzar otra procesión. Aquellas dos señoras han desaparecido de nuevo.


Clara se sienta en el borde de la callejuela, evitando pisar, sin proponérselo, todos esos pétalos carmesí que conservan la tersura de su curvar delicado; mientras el ángel parece invocarla con mirada piadosa, absolviéndola de todos, de todo; acostumbrado a evadir la lista de cualidades personales que por lo visto poseía doña Columba Montemayor viuda de Prado. Presagiando el futuro con la fineza de su mano derecha ofrecida al infinito, a las aves durante el día, para que ellas sigan practicando el tiro al blanco sobre la mano; mientras la otra quisiera soltar su Biblia, acercarla a la palma que clara le ofrece a través del enrejado.
Si al menos por un instante volteara a verla; un guiño; un dedo trémulo demostrándole que él también la ama.


El último rincón del cielo se ha oscurecido.
A Clara le llega una débil fragancia a claveles; guiándose, como es su costumbre, por el brillo de una que otra veladora a punto de fenecer en los estrechos caminos y pasajes hasta llegar a la calle principal. Se despide a la distancia de su ángel generoso; el cual seguirá procurando el reposo de don Guillermo Prado Barberena, parentela que lo acompaña y hasta el Señor Brown; mismo que Clara siempre imaginó calvo y bonachón; sin faltar, sobre todo, el óxido perdido de esa “R” y esa “N” que ella sigue echando tanto de menos.

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Al viejo velador le gustaba contar la historia de Clara, aun cuando evitaba siempre la parte donde tuvo que cubrirse la boca para que el corazón no se le saliera, en el momento justo en que la chica cruzó las puertas monumentales.
“La vi subirse al puente, despacito –detallaba el velador a todo el que quisiera escucharlo-; parecía no llevar prisa. Iba alegre, bonita, a pesar de que ya era noche. Su cabello bien peinado, como cualquier muchachilla… ¡No sé! –quitándose el sombrero para rascarse la nuca; recordando el tremendo susto-, la fui siguiendo bien alerta con mis ojos; alcancé a verla bajar del otro lado y... se me perdió entre los coches. ¡Por “esta” que digo la verdad! –besando repetidas veces un pequeño crucifijo de madera que desde aquella noche nunca se descolgó del cuello.

Los visionarios suelen callar sus verdades más proclives a realizarse cuando el futuro promete esperanzas mudas.
Clara nunca regresó. Diría Machado: “Le cubre el polvo de un país vecino” que por momentos cega la fe de un par de señoras cargando sus manojos de alcatraces enmohecidos y una que otra de esas rosas silvestres que de unos años para acá brotan en la hierba, adornando las moradas más tristes; entre parroquianos meditabundos y una muchachita animosa; evitando pisar, sin proponérselo, algún pétalo carmesí.

La Ultima Carta


I
Rafael ya no está para estos trotes; él lo sabe.
Hace mucho que perdió la cuenta de los días en que ha salido de Casa tan sólo por el diario en el quiosco de la esquina; dando además una vuelta completa al parque para aflojar los huesos y de paso las pupilas con alguna chica que llame su añosa, fugaz atención. A veces también le gusta sentarse en una banca, de frente al Hogar, contemplando intrigado el discreto campanario repleto de palomas y de sol.
Desde hace unos días, a eso de las diez de la noche, la campana vuelca su canto en un solitario toque, sonoro, inconcluso, por medio de la larga cuerda colgante, libre al viento de la tarde a un costado de la pequeña torre rectangular; sin que nadie tenga la menor idea de quién demonios osa llevar a cabo semejante sacrilegio.
A pesar de uno que otro pasatiempo pasajero, siguen siendo jornadas pasmosas con la respiración contabilizada hasta el mediodía, ahorrando Rafael mesuradas aspiraciones para el retorno ascendente hasta el segundo piso, donde Sara siempre lo está esperando con actitud marcial, en lo alto, del mismo lado de la amplia escalera de caracol, como insobornable juez reprochándole su grito chillante, alarido de hiena malhumorada, llegar cada vez más tarde al almuerzo; jadeante el hombre con el corazón empuñado hasta sus ojos retozones que todavía reflejan vida.




Rafael no recuerda cuándo fue la última vez que se subió al metro. Sus cálculos confusos lo invitan a calcular quince años; tal vez son veinte, aquel último encuentro clandestino en una calle que ya ha olvidado.
En esta urbe, los bastones, los sombreros de bombín, así como esos galantes pasitos arrastrados, lustrosos, seguidos uno del otro por puro instinto para no perder de vista la lenta sorpresa en cualquier detalle cercano que sus gruesos anteojos le permitan ver, todo esto forma parte ahora del amplio repertorio de cronistas de la ciudad amantes de pormenores adornados por personajes como el viejo Rafael. Olvidadas memorias de mansos tranvías en lugar de estos hostigantes vagones anaranjados, sincronizados en discreto estruendo transformado en murmullo al abrirse las puertas de las cámaras de mil gases, condenando a muerte a quien no se enlate en ellas en los segundos suficientes para lograr la supervivencia sin cobrar aliento.
El anciano está aturdido, entre resoplidos auditados sin previo aviso por culpa de docenas de pasajeros que por momentos obligan a su sangre a declararse en quiebra de aire, provocando discretos jadeos del caballero, cuyo perfecto bigote blanco semeja la angustia de un pequeño gusano contorsionándose en huida sin tregua ante un mundo desconocido. Se siente como conejillo cercado por rapaces al asecho, indefenso; pero no le importa, debe llegar a su destino cueste lo que cueste. No puede faltar a la cita más importante, se lo augura ese presagio que de pronto lo cautiva en la única razón impostergable de un quejido reprimido en su pecho.
Si no hubiera sido por el diario no se habría enterado nunca. Fue una coincidencia; casualidad de la fortuna asociada con la suerte; el caprichoso destino marcando su vida hasta este momento en que osa cruzar la ciudad ilusionado de una ternura conmovedora que logra nublar su vista tres estaciones adelante, cuando buena parte del pasaje baja, dándole oportunidad al conejillo de ocultarse en un matorral, doblando su cuerpo dolorido hasta lograr sentarse, pesado, bombín y bastón en manos, a mitad del vagón; invisible la presa para el resto que vuelve a colmar la larga serpiente de metal.
De nuevo en marcha. Le molesta ese jalón hacia atrás en su frágil cuello, producto de la aceleración; tan diferente al suave andar del tranvía sonoro, oloroso en travesías de aquellos paseos, avenidas y ese porte delicado de ella cuando subía alegre, con la frente despejada de infortunios, amplia en horizontes de blancura; bella en discreta coquetería que no era otra cosa que el radiante espíritu aprisionado por él cuando la chica de linda figura y ojos chispeantes terminaba turbada al reencontrarse ambos, sin más remedio que hacer otra cita con la simple mirada, tirando del cordón de la campanita en San Juan de Letrán; ingenuos de que la ciudad completa era su escondite, por última vez quizás, sin importarles las circunstancias; las prisas, la angustia de ella mientras las manos de él le colocaron aquel discreto, delgado collar alrededor de la tersura de su cuello, atreviéndose a besarlo por primera vez, aprisionándola para no perderla, para derramar su pasión en un secreto que nunca nadie conoció realmente; excepto las oscuras entrañas de las farolas alargando atisbos al final del callejón.




Es verdad, Rafael ya no está para estos trotes. Media hora de viaje lo han convertido en un saco magullado repleto de incógnitas sin orientación:
-Disculpe usted –se dirige pausado, ausente, con voz casi extinta, acomodándose trémulo los anteojos, al pasajero vecino, un vendedor de libros concentrado en encontrar las palabras para convencer, en cuanto salga a la calle, a cuanto incauto se encuentre, que la velocidad de decisión es la manera más viable de ganarse un envidiable lugar en cualquier estadística de moda- ¿Falta mucho para Xola?
-¿Eh? –el vendedor no deja de guardar ágil, a pesar de su cotidiano nerviosismo, docenas de papeles y folletos relacionados con novedosas ediciones conmovedoras que hacen dudar entre la mercadotecnia y el romanticismo en mínima diferencia. Finalmente cierra su triste portafolios de plástico; el timbre avisa a todos que la vida terminará renovándose en los segundos suficientes para que Rafael se aferre, preocupado, a otro incierto sentir en su pecho- ¿Xola?... eh... ¡es la siguiente, señor! –el joven escapa, no le queda más remedio; sin esperanza de reencarnar del otro lado de la puerta corrediza; como todo ser vivo domesticado conforme a las modas, ya sea que estas duren un mes o logren sobrevivir varios siglos.





II
Rafael está acostumbrado a esa extraña clase de paciencia perdurable capaz de moldear la desesperación en sublime lapso de armonía. Vio morir la tarde, madurar la noche, memorando, evocando; más que esto revivió tanto, que mucho sufrió sin saber por qué, por una parte, todos esos extraños lo observaban curiosos en su rincón, abstraído, sentado apacible, bombín reluciente y bastón recién encerado entre sus dedos temblorosos, sumergido en un mundo tan real como lo puede ser un pasado sincero. Sabe que más de la mitad de los presentes se marcharán antes de que se termine su taza de café. Tal vez se vayan todos; excepto la festejada, quien seguramente ya ha notado su presencia; pero como siempre, el porte delicado, ese apacible espíritu turbado ante una cita más, independientemente de las circunstancias; temiendo que se atreva a prenderse de ella, de nuevo, entre el secreto guardado ahora por la pesada penumbra que tan bien ha logrado domesticar, desde hace veinte siglos, la moda más grotesca del mundo moderno.
Nadie parece darse cuenta de que es una velada sublime para ella; para él resucitando el mutuo vicio encarnado de sus labios que sorben ruidosos la tercera taza de café, solo; excepto por alguien que en todo este tiempo no le ha quitado la mirada de encima, intrigado, en el extremo opuesto de la pequeña sala.
El corazón del abuelo se encuentra fatigado. Ese costal dolorido desea al menos arrancarse las incógnitas al asomar sin prisa en la morada en la que ella recibe ahora su última carta.
-Disculpe señor... ¿qué está haciendo? –le pregunta en voz baja y semblante en pena su único acompañante, levantándose de inmediato al ver que Rafael ha colocado sigiloso un pequeño sobre blanco, modesto, sellado, en la parte superior, alumbrada tenue, de ese ingenioso rectángulo que raya en el gótico.
-No se preocupe, amigo –responde Rafael, volteando despacio para apreciar de cerca ese rostro que le resulta de cierta manera familiar. No logra detener un caudal de exhalaciones aprisionadas ante lo que sus pupilas le acaban de revelar, a tal grado que su voz apenas logra acomodarse en el triste sentir del hombre a su lado-. Es un secreto entre ella y yo –sigue el viejo-. Una simple carta, sólo eso.
-¿Quién es usted? –la soledad que los acompaña invita al tipo a levantar un poco la voz, preguntando lo que tanto ha llamado su curiosidad desde la tarde; sintiéndose de cierta manera violado en su intimidad ante la presencia de Rafael, a quien nunca había visto en su vida.
-Tomando en cuenta lo que me une a esta mujer –dice Rafael, asido del barandal metálico que enmarca al lecho-, creo tener derecho a preguntarle primero, con todo respeto, ¿quién es usted? –adivinando la respuesta en la manera de mirar del otro.
Las últimas palabras, la incógnita convertida en certeza; en débil sonrisa en el rostro de Rafael, ha sonado como sordo grito de una campana sin badajo en el intruso; cuando se supone que el intruso es el honorable personaje.
El cuadro es singular, inmejorable. Perfectos desconocidos reclamando los derechos sobre el amor de una mujer en disímil perspectiva. Uno de los dos, de cuarenta y tantos años, quizás cincuenta, está perplejo, sin saber qué contestar a la pregunta del vejete. Rafael se aguanta las ganas de declarar su intuición; o tal vez lo dice todo, sin decirlo:
-Si yo la hubiera conocido tres meses antes, la vida habría terminado renovada –animándose, venciendo el miedo, se asoma al fin a verla, alargando su cuerpo incierto hasta que el acompañante se siente conmovido ante la profundidad de lo que observa, pero sobre todo de lo que ha escuchado, aun sin comprender; retirando, de cierta manera compasivo, el barandal para que Rafael se acerque un poco más; transportándose al instante hasta San Juan de Letrán al sentir las molduras caprichosas de esa morada tan fría como la luz tenue de aquellas farolas ocultándolos a ambos bajo sus delicados párpados corridos; confirmándole a Rafael la verdad al interpretar el suave gesto del rostro dormido, ¡tan arrugado, por Dios!; pareciendo sonreír apenas. Asoma entre los pálidos dedos lo que se supone es un rosario, que más bien es aquel collar serpenteante una y otra vez en los nudillos, para perderse luego entre la suntuosa ropa blanca, un tanto solemne para gusto del anciano. –Su falta de equilibrio coloca una solitaria gota cristalina en cualquier esquina del cristal. El bombín que tantas ocasiones ella tirara al suelo al abrazarlo, colocado sobre el bastón que miles de veces la llamara en vano, son muda pareja olvidada en un cobijo del recinto en sosiego.





III
-¿Qué habría sucedido si usted la hubiera conocido tres meses antes? –le pregunta Rafael al hombre senil.
-Nada importante; ya sabes cómo somos los viejos. No pienses cosas que no tienen razón de ser. Si la hubiera conocido tres meses antes, tú te llamarías igual. Nunca dudes de ella; ella siempre fue una dama.
-¿Sabe que San Juan de Letrán ya no existe? Ahora esa calle se llama...
-¡No me digas el nombre!... –haciendo un además vacilante pero enérgico con su mano izquierda; evita a toda costa que la nobleza del ayer se esfume al igual que aquellos cirios profanos.
Para su medio siglo de vida Rafael conserva buen aspecto, cordial semblante. Posee ese aire un tanto despreocupado de algunos solteros, sobre todo en el mirar siempre inquieto, en sus palabras que fluyen extraviadas, solitarias a veces, con cierto acento grave al pronunciarlas escasas; nítidas todas como las pocas canas rozando la amplia frente que por momentos se frunce al voltear en busca de más incógnitas:
-Hábleme más de ella –le pide al anciano.
-Ya te he contado todo... –el viejo sigue sintiéndose cautivado por esa chispa saltarina en los ojos del hombre maduro- No sabes el gusto que me da que mi carta la acompañe.
Al escuchar esto, a Rafael le vienen de golpe a la mente todas las calladas revelaciones que durante la madrugada el viejo le confesara, entre tazas de café compartidas en exquisita charla cómplice, a manera de inusitado testamento de honor.
No le es posible soportar más la incertidumbre. Tiene que preguntarle al inverosímil veterano de andanzas lo que más le intriga desde su insólita presentación, hace menos de veinticuatro horas:
-¿Por qué afirma que ayer fue el día más importante en la vida de ella?
-No hagas más preguntas –arrugándosele el cuello al voltear hacia la izquierda, como una gastada bolsa de papel en manos de quien pretende desenterrar un perdón-. Lo fundamental ya lo sabes, y no quiero que lo olvides nunca –Rafael, el achacoso Rafael, jamás en su vida aprendió a vender nada; excepto su alma al diablo de muchacha que tarde tras tarde acompañaba en una ruta inexistente. Prefiere cederlo todo a quien podría considerarse su legítimo heredero, para liquidar de una buena vez la última deuda de su vida.
-Y bueno, a todo esto, ¿cómo se llama usted? –le pregunta sonriente al anciano.
-¿Realmente nos interesa? –limpiando calmo, en astuta respuesta, los lentes redondos un tanto empañados de sus anteojos con la solapa del añejo saco; colocándoselos de nuevo después de apretar ceremonioso la corbata ajustada al cuello amarillento de su camisa. Tres parpadeos le son suficientes para aclarar de nuevo la vista al reconocer la entrada a su parque- ¡Aquí! –grita un susurro-, da vuelta a la derecha... así... sigue... ¿ves el quiosco? Ahí déjame –el bombín y el bastón vuelven a la vida, tomándolos del asiento trasero. Le quedan tan pocas aspiraciones y todavía tiene que escalar hasta el segundo piso...
Esta noche, el viejo Rafael comprende que las coincidencias no existen. Al pasar al lado del quiosco cerrado algo le dice que mañana le dará lo mismo comprar el diario. Sus huesos los siente duros como nunca; sus ojos libres, al fin libres, como siempre lo deseó.
La gente común generalmente valora la vida cuando ha estado en peligro de muerte. La gente interesante podría morirse en cualquier momento; la vida tarde o temprano trascenderá sus secretos; aunque olviden su nombre, repetido en contrastes de fortuna en la siguiente generación.
Rafael estaciona el auto lujoso exactamente donde le ha indicado su confidente. Los potentes faros iluminan en fiesta el triste letrero de la “Casa Hogar para Ancianos”.
-Ahora ya sabes dónde vivo. Si no estoy aquí, me hallarás perdiendo el tiempo en el parque. Lo que me sobra es tiempo; lo que a veces me falta es vida... Sabes una cosa, muchacho –agrega el rendido caballero, al momento de colocarse el bombín mientras la goma del bastón reconoce titubeante su territorio, con la portezuela del flamante auto ya abierta-, Aquel sobre contenía mi vida, sin tiempo.





IV
Rafael durmió muchas horas sin el menor sobresalto, a pesar del medio litro de café y el peso de las incógnitas que finalmente se ha sacudido de los hombros encorvados.
Al despertar, en su pequeño, modesto cuarto, lo recuerda todo, incluso los gritos e inútiles regaños de Sara, como estatua inconclusa de sal adornando el último peldaño de la escalera. Esa monja menopáusica, esquizofrénica y aburrida que estuvo a punto de perder el juicio, junto con el médico y el director del asilo, ante la eventual desaparición del huésped distinguido; elegante todavía al amanecer, con esa rancia corbata negra y el saco arrugado no menos cautivante.
El hábito más arraigado puede ser domesticado por un detalle, momentáneo, insignificante, pero sublime. Rafael sufre de pronto terrible presagio al incorporarse de la cama; ahoga en silencio su grito mientras se retira la corbata.
Las gotas de lluvia todavía escurren en el cristal del tranvía que la viera alejarse con una carta entre sus manos de mujer, partiendo a la distancia; al igual que el corazón cansado del viejo, el cual lo invita sin prisa a retornar al sueño, por unos cuantos siglos, para empezar.
Horas más tarde, un par de chicos traviesos huyen entre risas por las calles aledañas, luego de anunciarles a todos en el barrio, con ese fugaz redoble de la campana, que la última corazonada de Rafael lo ha acercado a su verdad.

Cenizas

Recostada en su cama vacía siente que una vez más ha perdido; incluso ahora que parece perfilarse una insólita libertad.
También siente, insinuante, ese resorte que de vez en cuando le da por explotar a mitad de la madrugada al reacomodarse a medias, sonoro como el quejido de una aguja que podría atravesar su vida vana en un eco que se desvanece vibrando en toda la espalda; en medio del espeso limbo al final del suburbio trasero de la ciudad; haciendo otro doliente intento por pasar una página más del libro apoyado en su pecho; alejándose su mente a cada instante de la lectura al igual que se despiden los amantes la primera vez antes del último rompimiento: vencida cómplice de sus propios párpados hasta que el fresco de la tarde enmudezca los recuerdos desde la ventana.




A su padre, como todo fracasado en busca de justicia, le gustaba improvisar; en su caso fraguaba chistes con la facilidad de quien recoge la hojarasca de la banqueta antes de que el invierno cargue con él; sobre todo chistes de corte político: burlarse de esos tipejos que a la vez se mofan de todos nosotros desde sus silentes y castilloarenosas mansiones en la otra punta de la ciudad.
El señor era en verdad muy ocurrente. Más de una ocasión le dijeron que él debía trabajar como guionista en una estación de radio o algo por el estilo; al menos lograr vender sus sátiras cotidianas que generalmente compartía espontáneas en un pequeño café del centro, con sus pocos amigos, a la hora del almuerzo, con la camisa arremangada y su café negro, frío –cuando se lo servían caliente pedía hielos para refrescarlo ipso facto-; infaltables dos o tres cigarrillos -que compraba sueltos con la esperanza de que fueran los últimos del día- para darle más sabor a su buen humor.
A cambio de todo esto, siempre contó con el firme apoyo de algún invisible pacto esotérico para soportar, sin mayor pesadumbre, los últimos tres años con ambos codos endurecidos sobre el mismo escritorio que lo viera llegar una mañana de 1967 a la Oficina Municipal de Recaudaciones.
De manera increíble, un buen día de octubre, desde la cúpula kaffkiana, llegó la orden de su jubilación, con su cenicero repleto de argucias en potencia y el ánimo vacío.



Prácticamente hasta el día de su muerte arrancó ingeniosas sonrisas a todos, también a su hija; invariablemente afirmando que el chiste lo había leído en el diario cuando ya no podía siquiera sostenerlo entre sus dedos chuecos de tanto y tanto fabricar artesanías burocráticas. Ella sabía que el ingenio era genuino de su padre, se sentía orgullosa de esto, quizás sólo de esto; mientras doblaba por la mitad, acostumbrada desde hace un par de años, las tres hojas de periódico desplegadas cotidianas sobre el suelo, al lado de la puerta de la alcoba del viejo, impregnadas de las terribles flemas que el efisema había fabricado durante el día en su garganta antaño elocuente, vibrante en ideas.
Ella nunca se animó a decirle que cierta noche, después de muchos intentos –vergonzosos en su mayoría-, había logrado al fin orinar de pie, cuando acababa de cumplir los catorce años; sabe que de nada le hubiera servido revelar el secreto. En cambio, ese maldito gancho de ropa en su nariz que el padre la obligaba a colocarse durante dos horas diarias, enseñándole de paso a la muchachita rebelde que la boca no servía solamente para tragarse silencios; ya fuera día de guardar composturas o sacar la ropa sucia a la vista de todos, la mocosa tenía que usar el dichoso gancho que quizás fue el causante de que terminara divorciada cuando sus hijas todavía no eran capaces de beberse la leche de un solo trago. Y es que aquella niña tímida de nariz gruesa se convirtió, tras el refugio de su líbido aprisionado pendiendo en la nada, en la chica de perfil más atractivo de la Escuela de Comercio.




Exquisito perfil ahora ensayado en la pared al lado de su cama por efecto del neón que comienza a pintarse melancólico allá afuera; guardando asimetrías perfectas del cuento de Poe que no terminará de releer al menos esta noche para comprobar si llevó a cabo la metodología idónea del proceso. El grueso libro de pasta dura se cierra sobre su pecho desnudo, oprimiéndolo un poco por si le hiciera falta más peso en su desconcierto. Su cabeza gira despacio, púdica al no mostrar la silueta, la figura liberada al fin en la soledad de su cuarto.
Aquel perro sigue ladrando incansable desde hace más de una noche entre uno que otro aullido presagiante, intraducible en su sentir desde el patio del vecino. Son amenazas, chillidos metálicos, inquietos; no alerta en simple desahogo natural; más bien estallidos que se estrellan uno tras otro en el mutismo citadino en retirada. Podría decirse, una manera inteligente de darle a entender al mundo que el perro no se merecía la suerte de tener un amo como aquel vejete encerrado eterno en su sala, masticándose a sorbos la vida entretanto su mascota ve pasarla a través de la reja cerrada desde hace siglos; intuyendo que a su dueño no le agradan los perros porque no saben admirar, sólo querer. –Ese rutinario cascarrabias suele eructar complacido cuando la gente que pasa por su casa admira a su brioso y maduro Pastor Alemán.




Ella no entiende si al despertar deba obedecer la emoción colectiva, la estrategia de siempre que, como siempre, adormecerá sus propias emociones. De ser así, por primera vez en mucho tiempo su expresión resultará confusa, torpe, incluso cacofónica. Simple cuadrícula que jamás lograría asirse a una telaraña.
Su cigarrillo logró apagarse por sí mismo a mitad del camino en el cenicero de cristal sobre las sábanas. El último jirón de humo escapó jubiloso por la ventana, alargándose tanto que puso en duda la eternidad de lo fugaz; como todo espíritu inquieto yendo en busca de la intuición de aquel Pastor a punto de la locura, el cual hace una pausa a su preludio para orinar taciturno, cansado de tanta anarquía vana, al pie del rosal de su breve jardín.
Ella no puede darse cuenta ahora de que disfruta de un confortable sueño, tan profundo como la emoción que experimentaran Ovaria y Espermatina en el Museo del Prado, a unas cuantas vidas de distancia. La primera intentaba convencer a su hermana menor de que uno de los cuadros que las cautivaron en su recorrido, “Los Músicos”, de Jacob Jordaens, es una real premonición anatómica de Mick Jagger, Keith Richards y Ron Wood, en este orden. El parecido con ellos, dicha sea la verdad, es admirable. Todo lo que necesita el gemelo de Jagger, en la pintura, es deshacerse de ese flautín y ponerse en la boca una armónica de cuarenta y ocho hoyos al mejor estilo de “Midnight Rambler”, en el Madison Square Garden a finales de esos años sesentas fraguados en frescos ahora irreconocibles. Barroco realista democratizando, por si hiciera falta, el tema del rock en el cuadro, con luces violentas y gran viveza; tres siglos antes de que el rostro embotado de ese vecino de mierda le ordene ahora al Pastor eufórico, desde la ventana de su sala, callarse de una buena vez si no quiere sentir toda la represión de un dictador decadente sin haber peleado jamás al menos por la comida –el pobre diablo nunca se atrevería a enfrentársele en su juicio; lo que debería hacer es colgarse una ratonera en los testículos.




El escándalo la ha despertado. Apenas balbucea algo que de manera milagrosa retiene en la mente: “No fue corazonada, simple coincidencia...”.
Poe rebota en la alfombra, mudo, a pesar de sus buenos consejos; a diferencia del terco resorte que vuelve a vibrar en resonancias en cada rincón, provocando que una araña contraiga poco a poco sus patas, inadvertida agonía en el extremo de su tela al otro lado de la habitación.




El límite de un filo es su propio espesor: nunca lograría cortar algo más profundo que él mismo.
-¡Cuando aprendas a orinar parada, ese día podrás opinar lo que te de la gana! –el malhumorado empleado de la Oficina de Recaudaciones se levanta, una vez más, furioso de su silla, presidiendo hasta este momento la comida al frente de la mesa. Avienta la servilleta de tela sobre el plato manchado de restos de grasa coagulada de cerdo. Esa servilleta que ella siempre ha odiado; le parece una ridiculez con todos esos cuadritos de colores en sus bordes; pero sobre todo la manera en que mamá la coloca cada tarde con tanto detalle en el fotografiado lugar de su esposo, para luego acomodar sobre ella el gracioso cuchillo y el coqueto tenedor, opacos ambos de tanto martirizar bisteces durante dos décadas lapidarias en las cuales a su hija jamás se le ha permitido asistir a un taller de pintura, su verdadera herencia: pasión frustrada.
La noche, para complacerla, también es fresca. Ella vuelve al sueño con cierto dejo de felicidad...
Un tímido vientecillo se encarga de darle buen ánimo a la pesada atmósfera del cuarto. Es tan suave la brisa que apenas logra ondear una polvosa telaraña arrinconada en el techo. Oscilando en vaivén caricaturesco, como vigía adormecido en un galeón fantasma, el cadáver de su antigua moradora, una araña oscurecida por el polvo y la ceniza con más de tres semanas en esa penosa posición arrebatada. De alguna manera está en proceso de convertirse en momia; pero ningún insecto se ha atrevido a acercársele, temerosos de dar un mal paso, un simple movimiento equivocado sería su perdición y lo saben.
En un inicio, cuando la araña se hartó de los ladridos del perro, mudándose desde el rosal a la casa de ella, se sintió atraída por el ambiente orgiástico de la cocina para construir ahí su tela, entre la estufa y la pared tapizada de hollín, debajo del calentador de agua. Le pareció que no existía un lugar tan ideal para habitar: comida diaria asegurada por las hormigas merodeadoras y calor ajustado siempre a los caprichos del clima.
Pero llegó el día en que la araña se hartó de limpiar a diario su morada de esas molestas e infinitas partículas de ceniza del cigarrillo que, a escondidas de su hija, el pobre jubilado fumaba presuroso, extasiado y nervioso en el patio trasero hasta quemarse las yemas temblorosas de placer para luego tirar el cuerpo del delito en el bote de basura, al lado de la gastada estufa; siempre teniendo cuidado de dejar bien oculta la colilla debajo de alguna cáscara de melón o el envoltorio de sopa instantánea que sólo él sabía sorber de un solo trago, entre el monótono jadeo de sus gastados pulmones.
Lo que realmente hartó a aquella araña de patas enormes y ojos carmesí fue haber pasado más de una hora tratando de despegarse de un espantoso escupitajo que por poco la aplasta contra la pared; mientras el padre parecía pedir perdón, no precisamente a ella; con la mejor de sus pijamas; el peor de sus momentos...
Por si fuera poco todo esto, Espermatina acostumbra dejar abierto el refrigerador mientras se sirve un vaso de leche al regresar de la universidad; charlando un rato con el abuelo insomne de cualquier trivialidad existente; por ejemplo, si los Rolling Stones conocerán, en su vejez, la pintura de Jordaens. –Realmente perdieron una buena oportunidad al no utilizarla en una portada de sus primeros discos, para así salvar la intención de los sesentas del olvido de siglos.




No existe camino seguro para reconocer una obra de arte en proceso: el creador, durante su desarrollo, no se puede percatar del todo de lo que está ideando; mucho menos imaginar lo que resultará.
Por otro lado, acaso la intención final de la ciencia y la tecnología se resuma en que un buen día amanecerá idéntica la hora en todo el mundo, al mismo tiempo, exacta en milésimas de segundo en Madrid, Santiago de Chile o la ciudad de México; excepto en la casa del artista, en el preciso instante en que “logre lo excelso, rescatando su propia infancia”, como dijo puntual Joan Miró mientras orinaba distraído fuera de la taza por estarse rascando amodorrado los genitales; a la vez que aprovechaba el tiempo disfrutando del perfil decadente de aquel barrio plagado de amantes ocasionales antes de su primer rompimiento. Inigualable panorámica en perspectiva de la ciudad sitiada por tendederos de ropa hasta hacer horizonte; el filo de su propia mirada maximizando intensidad con el mínimo de medios para que ella, desde la cama de su juventud, se de la vuelta somnolienta vislumbrando su deseada liberación.




“Barroco-surrealista”, aconsejaría Miró a Jordaens en menos de un segundo polarizado si las circunstancias de este amanecer fueran menos severas.
Ella al fin logra sentarse sobre la cama parlante, con el rostro hinchado por el llanto nocturno; repuesta de las terribles noches anteriores en las que ideó todo tipo de tonos pastel en el carmesí apasionado del último vómito.
El Pastor Alemán duerme en algún rincón sin horario de por medio. Hojas del otoño cubren parcialmente sus patas traseras.
No fue corazonada, simple coincidencia: un perrito juguetón movía su rabo travieso hace apenas unos minutos, tratando de ganarse la confianza de quien volteara a verlo. De manera grotesca lograba separar la carne del hueso sobre las humedecidas hojas de periódico de ayer; infaltables los cuadritos multicolores de la servilleta, perfectamente doblada bajo sus sucias patas que seguían buscando en vano alguna sátira del Ministro de Hacienda en el diario. Finalmente salía al patio, satisfecho de su gula conciencia, orinando sobre los matices hasta el fondo del suburbio trasero de su única verdad: siempre alerta de que los ganchos estuvieran perfectamente centrados en cada hombro de las camisas; milimétricos en sus calzoncillos agujereados por su ira aprisionada.




Mañana será un buen día para no programar despertadores: Ovaria y Espermatina están a punto de mudarse para siempre; eso de tomarse la leche a borbotones nunca fue para ellas.
Es demasiado tarde para morir –un buen chiste; el último.
La orden sigue siendo una sola: recuperar la mayor parte de esas cenizas esparcidas por toda la casa, impregnadas en la alfombra y en el desenlace de Poe que ella nunca volverá a leer.Es buena hora para fumarse un último cigarrillo en la cama, perfectamente centrado en los labios, milimétrico ante su bello perfil que vuelve a llamarlo en un susurro.

lunes 30 de abril de 2007

Sueño de Rimbaud


I
Unos topes ocultos por la neblina y la maleza provocan que el autobús resople molesto, dos, tres veces; casi media docena de pujidos ahogados hasta retornar resignado a la gravitación perfecta.
Jorge despierta. La carrocería sigue crujiendo como una nuez.
Algunos pasajeros se mecen de un lado al otro, a la par, en sus asientos. Las asas de piel, plástico y sobre todo de henequén trenzado chicotean su fragilidad a ambos lados del portaequipaje; animando a cierto afortunado que ronca babeante al fondo, junto al letrero casi fundido del “BAÑO”, en idéntica posición a la que seguramente experimentó la primera vez que se cayó de un columpio, allá, en su lejana niñez.
Los demás permanecen.
Acostumbrado síndrome de volcamiento, señal inequívoca de haber llegado al paraíso; provocando en la gente el síndrome del obrero frustrado que despierta al final de la jornada aburrida.
Las lámparas del alumbrado público en los suburbios ya iluminan con desgano, semejantes a las velas complacientes, fastidiadas de un tomador empedernido, brumas de sombras de gente que las camina sin enfado; arrullando todo a su alrededor con tristezas de fáciles olvidos.
El ambiente del trópico ya se siente a través de los cristales empañados del autobús, producto de un sin fin de exhalaciones fisiológicas de toda clase y magnitud, desfogadas durante las ocho horas de viaje a través de la majestuosa sierra; lo mismo en el andar borracho y taciturno de los perros o los enjambres de insectos hambrientos revoloteando los faros amarillos del camión que parecen el menú hollywoodesco para las aves nocturnas al asecho. Entre nocturnales de jardines y plazuelas que rescatan avenidas, las entrañas de la ciudad; escondiendo sorpresas más allá de un matorral.
Cuando al fin recuerda la razón por la cual se encuentra en tales circunstancias, Jorge intenta estirarse para descansar del largo viaje; pero lo estrecho del lecho se lo impide. La falta de aire acondicionado lo descubren empapado de sudores del pecho hasta la nuca; olorosas sus axilas en cebollas galopantes.
El volante y la palanca de velocidades están tan calientes como el ventilador portátil que se detiene automático en el preciso momento en que el chofer apaga ¡al fin! el motor, después de aflojarse su corbata color café y abrir la puerta de semejante armatoste: gente sencilla, feliz la mayoría de estar de nuevo en casa, desfilando automáticos sus pequeños sueños por los andenes; sin perder, a pesar de la fatiga, esa alegría contagiosa del costeño.
Finalmente Jorge también se levanta de su asiento -el último de la fila, por supuesto-, sintiendo un confortable alivio al despegarse la camisa de la espalda dolorida; dejando atrás esos roncos resoplidos que se pierden para siempre a la distancia, al lado del “BAÑO”, ahora apagado.
Es casi media noche.





Hay lugares en los cuales a la media noche la aventura no puede fraguar siquiera el esbozo de un plan; mucho menos necesita de guías turísticas o cosas por el estilo.
La aventura es una de las pocas alternativas que la vida moderna le obsequia al hombre para seguir siendo genuino ante sí mismo; encontrar una verdadera razón de ser; independientemente de las circunstancias.
Pero cuando la aventura es la acompañante de un aventurero nato, toda improvisación suele resultar un simple paseo de tórtolos escondidos en las sombras de un parque plagado de coralillos
[1].




Jorge –como siempre; valga sea la costumbre de un despreocupado- deambuló ensimismado durante muchos minutos por todos los corredores desolados en la penumbra de la central de autobuses; que sirven, como todos los rincones de todas las centrales de autobuses por las noches, de acogedoras alcobas compartidas a señoras e indigentes; también los hay hipersensibles, amantes, niños-adultos y hasta comerciantes artesanos que carecen del dinero suficiente para pagar un techo sin paredes; quienes lejos de pelearse entre sí suelen aburrirse pronto los unos de los otros, respetando la intimidad de sus propios infiernos.




Más tarde, cerca de la una de la mañana, desilusionado de no encontrar algo a la altura de sus expectativas, sus tenis rotos se animaron por los alrededores alejados, en línea recta desbrujulada de una luna y de la misma central. Sin haber estado nunca antes en esta ciudad tórrida de peregrinos, de ingenuos encaminados por un guía de ilusos visitantes, hábidos de conocer las mentiras más relevantes, en el menor tiempo posible, de la historia de este puerto.
A pesar de reconocer al instante perfiles y olores inquietantes, familiares todos ellos, que le indican el peligro potencial en el que ahora se encuentra; se come con parsimonia el tercero de tres tacos de trompo
[2] en uno de tantos “restaurantes portátiles para perros” –los que mejor acostumbran comer son ellos... a ellos mismos-, en los cuales suele acercarse de vez en cuando un ser humano con su mochila embarrada en la columna torcida.
Su deambular se prolonga por el tiempo necesario para sentirse nuevo en casa, una vez más. La madrugada es plena.
¡Bendito sea ese olor que todo lo impregna sin incitar a nada, más allá de una sensación!




Así, al dar vuelta al azar en una esquina cualquiera el hallazgo es portentoso. Dominando el nerviosismo su ansiedad lo lleva al límite:
-... ¿Te sirven doscientos pesos?
Ese aliento y hedor axilar besan al instante el olfato –respetando hasta donde le es posible la caricia de los oídos- de una hembra altiva de ojos grandes penetrantes cual definitiva puede ser una verdad. Su elegancia natural, rematada por un peinado casual al estilo de los años ya idos, combina con la discreción propia de los seres elegidos, evitando a toda costa la provocación fantasmal. Pareciendo esperar otro de sus milagros cotidianos en el borde de la banqueta desgastada que asoma sus piedras lisas a fuerza de tanto punzante taconeo; otrora perfectas pistas de baile callejeras, en tiempos de Agustín Lara.
Al girar pausa sobre los elevados tacones de aguja de sus zapatillas, brillantes de negro como sus hermosas pupilas –ella ya había advertido la presencia de Jorge, quizás mucho antes de que él se animara a subir al autobús-, la mujer le demuestra al intruso que sabe equilibrar, como profesional que es, además de los desniveles montañosos del cemento, toda situación que se le antoje incómoda en cualquier momento; caprichosa de la soledad de su linda mirada; habituada al hedor de las alcantarillas con cierto hedor a tiburones descompuestos; deseando depositarla en la del tipo con el rostro somnoliento; como limosna otorgada al desconocido afortunado que luce su camisa a cuadros desfachada a medias del pantalón de mezclilla ajustado; envidia de cualquier gringo extraviado al fin en este Mundo Real.
A la luz tenue que brota desde un interior, de lo que de reojo le parece a Jorge una vieja casona de un solo nivel. Y no puede arrancarse, a primer vistazo, ese modo de mirar, que no es frío, calculador ni mucho menos; a pesar de la edad de la fémina; más bien el reflejo de algo que realmente amenaza... ¿el orgullo?
-¿Es todo lo que tienes? –responde ella finalmente con su voz perfecta acariciante, como quien intenta completar el precio de una cena extravagante; con las uñas platinadas bien prendidas de sus caderas firmes, voluptuosas burlas de la menopausia; escondidas a la vista bajo el talle de su vestido esmeralda destellante, que apenas le muestran al fuereño desconcertado unas rodillas de ensueño, desnudas; manifiestas y confesas en un tacto idealizado de las garras de un felino en sus senos dibujados.
La noche es tibia desde hace milenios; el barrio inquieto desde hace dos horas. Incautos y espléndidas gangas negocian a lo lejos, desde los faros titubeantes de un triste Falcon sesenta y tantos; un flamante Cadillac blanco dispuesto a arrasar con lo mejor de la cosecha; así como los amorosos taxistas camuflajeados bajo alguna lámpara rota, ofreciendo con tímidos llamados del claxon sus servicios al servil proletariado peatonal, a cualquier precio del área metropolitana habilitada.
En la cuadra ellos dos; rodeados por puertas selladas de humedad; muros escarapelados de brisa que parecen velar el murmullo citadino distante de los juniors sin ley y sin madre; así como la fauna completa descendiendo su líbido desde las frías alturas en los montes. Murmullo espeso entrecortado por el estruendo de alguna canción vacía que se acerca grosera por las calles aledañas, en la sincronía de semáforos adormecidos de ámbares complacientes; de neumáticos quemados por los mojados
[3] recién llegados, en busca de más humedad.
Rescatando sus propios restos en el rugir de la noche, la voz de un barco cansado en alguna parte, a media voz, imitando espesas melancolías de un exquisito sax extranjero, derrotado al encallar.
-Créeme que te mereces mucho más de lo que te ofrezco –le dice Jorge con su voz confidente del aguardiente
[4]; evadiendo la silueta femenina hacia el infinito de las calles. Perdóname, sólo tengo doscientos para ti.
-Pasa –le ordena delicada, ante la sorpresa de Jorge, la mujer madura de seductora belleza con un ligero ademán de su cabeza; y ese acento clásico de quien se fue... y regresó; sin perder de vista la figura turbada del cliente.
-Voy a ser sincero contigo –luego de dar unos cuantos pasos titubeantes en el interior de la casa; sin atreverse a verla-, la verdad es que también necesito un lugar para pasar la noche... ¿podría?
-¡Esto no es hotel cariño! –al tiempo que la pequeña puerta de madera se cierra prepotente tras los pasos de la reina.
A pesar de que todo lo que ahora observa comienza a cautivarlo, Jorge hace un tímido esfuerzo por buscarla: ese gesto, pese al tono severo de su voz endurecida, encierra cierta finura que lo cautiva.
-¿Están bien cien pesos más?
-¡Eres un...! –enfrentando el cinismo de las circunstancias acostumbradas; al matizar su poder con el análisis de cada movimiento y cada uno de los sonidos que Jorge vierte en ella; para ver hasta dónde llega su atrevimiento.
-Malo no eres; pero te falta mucho tacto para tratar a una dama –le sonríe, más confiada, mientras lo recorre de pies a cabeza. Tal vez se deba al viaje, no te preocupes...
“Tu capricho no te va a costar cien pesos, no sueñes. Dame cuatrocientos y no discutas. ¡Y métete al baño –suena su canto contundente, evitando a toda costa que escape el pez-, antes de que te corra definitivamente!
Jorge se siente ingenuo al jugar a las finanzas ante una experta en estos menesteres; sin tener tiempo de pensar en la clase de padrote
[5] -¿acaso el cónsul de Inglaterra en el puerto?- que semejante femineidad podrá tener. Reconociendo su derrota, sin asimilar su suerte, paga lo convenido.
Accede a la invitación de la mujer, quien abre otra pequeña puerta de mustia madera cobriza, en los confines de la gran habitación; al igual que la maestra que le da la bienvenida al alumno a su aula. Así, Jorge se sumerge en la tibia oscuridad de un pequeño patio trasero, hasta sentir, tomado de la mano de ella, el apagador de un baño a mitad de dicho patio.
Al quedar solo en ese pequeño rectángulo de un metro por tres de largo se percata poco a poco del abandono de las instalaciones: el lavabo es acaso la imaginación expandida en un par de tomas clausuradas en la pared; seguramente los restos de una paradisíaca fuente de deseos durante décadas de excesos; tomando en cuenta el azulejo primoroso de intangible en manifiestos lisos y pardos; limpio de sarro, eso sí, a pesar de ciertos vestigios del cincel y el martillo.
Cuántas buenas razones habrán arrancado el botiquín, el portajabones y hasta la ventana; asomándose Jorge a través del gran hueco oval hacia la oscuridad dantesca en casuchas oscuras, silentes, que lo ponen a reflexionar en una de las frases de su elegida: “¿Tal vez se daba al viaje?”...
El canto bonachón de muchos sapos taciturnos lo invitan al fin a relajarse.
Al menos permanece el portatoallas, y sobre él una toalla de medio cuerpo, blanquísima, perfectamente doblada a la derecha apenas del apagador coqueto, junto a la fantasmal puerta de lámina.
Se deja envolver por su tersura; sin saber si lo que se sigue secando es el agua que le escurre o el interminable sudor que sin tregua inunda a cada intento su cuerpo delgado a treinta grados centígrados; sintiendo una terrible sed; intrigado del pasmoso silencio que desaparece de sus oídos al hacer varios buches con un enjuague bucal que halla milagroso en el suelo, bajo el escusado, al lado de un Ajax
[6] y una piedra pomex[7] envuelta en un trozo de jerga[8] gastada.
A falta de algún vaso convierte sus manos en una pequeña jícara que recibe un chorrito de la regadera. Al sentir el frescor de su boca se decide a darle la bienvenida, sin el menor esfuerzo, a medio litro del líquido vital dentro de su cuerpo.
Otra vez esa extraña quietud; más allá de la ventana; más allá de la puerta del baño. Definitivamente La Tormenta se aproxima. ¿O es la calma posterior al huracán?








II
Lo perpetuo, al principio, suele traducirse en un capricho. Un sueño, develado tal cual como capricho mal interpretado, despierta el sentido tan deseado en nuestras vidas.
Jorge ya no puede observar; ahora lo admira todo a su antojo, estirándose a sus anchas, bajo el mimo y el consuelo de mil manos y dos ojos femeninos; lo mismo se emociona ante unas peceras gigantescas repletas de seres fantasiosos, coloridos y combinados con escamas y aletas de solemnes abanicos que parecen flotar en un aire transparente de burbujas ascendentes sincronizadas.
Por otro lado, tortugas tan pequeñas que una mano de niña podría capturarlas en un verde que fascina; maculado por rendijas oculares que señalan con tino y agudeza a un par de zancudos
[9] patinando descarados sobre el agua ondulante que las envuelve.
También hay renacuajos negros, inquietos, a unos días de la gran metamorfosis; a punto de saltar de otra pecera redonda. ¡Y más peceras!
Ella lo sigue llenando de caricias sin dejar de ver sus facciones de niño enojado con la barba cerrada asomando al tacto.
Jorge se deja arrullar por el canto que una lagartija transparente
[10] le regala a quien quiera escucharla; descansando su cotidiana faena nocturna sobre uno de los tantos dibujos en hojas amarillentas de nicotina, clavadas con tachuelas en la cal de las paredes a los costados de la cama placentera -hechos por ella “hace muchas vidas, más allá del océano”: le fue contando a su invitado entre lirismos de mentiras verdaderas en falacias maternales; mientras él observaba intrigado la infinidad de orificios marchitos en todas las esquinas de cada una de las hojas, alrededor de las tachuelas incrustadas apenas; entrecortando de esta manera una que otra línea caprichosa en los trazos magníficos.




El espejo rectangular que hace las veces de cabecera, en una pared de intemporales parches de cal, le muestra de improvisto su propia desnudez ante el desgano postsexual. No tiene la menor intención de volver a provocarla, no por inapetencia o fastidio, acaso por una galantería seudointelectual que deja atrás lo supuestamente tribial; a pesar del manjar que lo acompaña.
La misma expresión absorta de Jorge, indiferente de su misogismo no advertido al encontrarse consigo mismo al igual que todas las mañanas, en compañía de alguien frente al pequeño espejo opaco de su propio baño. El mismo baño y el mismo departamento dentro del mismo edificio cansado de tantas desveladas; la mayoría solitarias; alguna que otra compartida de vómitos con sabor a esas vanas promesas de amor eterno; entre tazas de café soluble mezclado con rones insufribles y el MTV que a menudo le hace dudar entre una moderna definición del sadomasoquismo o acaso una nueva versión de la sensibilidad en las adolescentes actuales.
Es el mismo Jorge de treinta y casi de años, vividos tantas veces desde hace más de once; que sin pensarlo mucho se atreviera a tomar la decisión más importante de su vida en los últimos seis meses, hace menos de veinticuatro horas: mandar al infierno las responsabilidades de un empleado a punto de la frustración; a cambio de pasar un albur de fin de semana lejos del porvenir, a costa de su patrimonio.
No le interesa que al regresar a casa su orgullo tenga que sobrellevar de nueva cuenta la neurosis de esa caricatura de Mussolini que hace las veces de su patrón.
La verdad, su orgullo se ha convertido, a fuerza de conocer a tantos Mussolinis –y uno que otro proyecto de Anaís Nin, dicho sea de paso-, en una especie de lealtad silenciosa para sí; incapaz de experimentar la verdadera ofensa: ¿pasmo de la catarsis o arrullo de un sublime resignado?
Ha aprendido, o al menos eso sospecha, que los caminos que se conocen hasta el final nos muestran que no se ha llegado a ninguna meta interesante.
Además, la aventura resulta la mejor de las amantes: al principio se le busca. Con el paso del tiempo estará incondicional a la vuelta de la esquina, hechos el uno para el otro, reconocidos como imprescindibles; como imprescindible nunca debe ser ninguna pareja.




-¿Cuántas solicitudes de empleo habrás llenado en toda tu vida? –le pregunta la mujer con sonrisa de atrevida Monna Lisa, intentando enredar en sus dedos uno de los pelos que se yerguen varios centímetros afuera de la oreja de Jorge.
-No tengo idea. Muchas. ¡Muchísimas! Créeme que es un arte hacerlo sin que nadie note los datos falsos; aun después de las interminables entrevistas e interrogatorios.
-¡Por Dios!, esto significa que puedes convertirte en un verdadero artista.
-¡No te burles!
-¡Te lo digo en serio! –le dice ella-, deberías dar clases al respecto. Al menos así te olvidarías de soportar a un “maldito jefe todas las mañanas”. Y no tendrías que volver a usar esas corbatas que tanto dices odiar.
-¡Y al fin se callarían todos para siempre...! –afirma Jorge, en verdad irritado, dirigiendo su grito hasta el par de estereos imbéciles mezclando redobas
[11] sin talento, entre chocar de botellas y discusiones alcoholizadas que se escuchan más allá del muro en el que mantiene fija su mirada. Descubriendo, al mismo tiempo, en la esquina de la pared, un bote pequeño con alimento para peces; así como la tapadera de un frasco repleta de lo que a la distancia le parecen moscas muertas con tonalidades en verde metálico, de esas llamadas panteoneras.
-¿Por qué no usas el cabello largo –intenta animarlo un poco, observando entretenida una gota del sudor que resbala de su nuca húmeda-, como todo un rebelde?
-La rebeldía nada tiene que ver con la imagen que das ante los demás, y tú lo sabes.
-No quiero pensar que te convertirás algún día en un simple convencionalista, calvo y con panza de burócrata.
-¿Me imaginas así?
La mujer ríe, quizás recordando los primeros días de su oficio, equilibrando con la yema de su meñique derecho esa gota traspirada, liberándolo de una tormentosa comezón.
-Acabas de hacer por mí más de lo que te imaginas, princesa –suspirando libertad; invitado impostergable a los juegos que en fondo tanto desea.







En la esquina opuesta, a diez largos metros de la cama, sobresale por su soledad un enorme refrigerador antiguo de color blanco, de esos que sabían lucir la curvatura deliciosa en bordes brillantes y molduras de la época romántica de la mercadotecnia –si es que existió esa época-; así como mesas y mesas de lámina con libros y más libros desparramados sobre ellas; y ellas enfiladas en los dos muros laterales; enmarcando de cierta forma el surrealismo cancerígeno de los dibujos amarillentos clavados con esas tachuelas doradas en las paredes; pareciendo cobrar vida los surrealismos cuando el motor del viejo refrigerador quisiera elevar con síndrome de helicóptero cada uno de esos viajes.




Los borrachos, allá afuera, se han largado a otra parte.
Jorge se da cuenta, hasta ahora se da cuenta, que es un amplio cuarto con techo de vigas; la polilla las ha preparado, luego de más de medio siglo, para unos pinceles secos en una insuperable naturaleza intensa, en cuyos rincones abundan los restos ondulantes de telarañas colgantes intemporales, que sólo un gigante o una gran escalera, o un gran estúpido lograrían bajar. Todo iluminado apenas por ese foco cochambroso en las alturas, sostenido de un espiral de alambres en un tono carmesí-abandono; desde los cuales parece colgar un telón recorrido y preparado por innumerables generaciones de arañas; mostrando complacientes las escenas de la obra.
Los zancudos ya no se ven revoloteando el foco como frenéticos satélites de un planeta en decadencia; tampoco surfean en las peceras de las tortugas; ni buscan la luz de la única lámpara de la calle que alumbra parsimoniosa los cuatro cristales transparentes de la única ventana sin cortinas, al pie de la cama; la cual es adornada por un jardín de grandes mosaicos floridos en azules y amarillos borrados, marchitos, que parecen hacer horizonte ante el vacío de la mayor parte del gran cuarto -¿la mayor parte de la casa?-; resucitando un ligero eco que rebota una vida, una vez a cada paso, en las mudas murallas.




Al retornar del baño Jorge se muestra pleno. Ha extraviado por completo el burdo aturdimiento de los grandes ciudadanos en las grandes urbes.
Ella reinicia la sesión de masajes deliciosos en su espalda y en sus piernas, haciendo sonar una que otra de sus vértebras.
Jorge le cuenta –viéndose de frente en el espejo incrustado en la pared, al tiempo que avienta por la boca su mala vibra- la desesperación que suele sentir, cada seis meses en promedio, cuando un diálogo de esquizofrenia se confunde con el monólogo más angustiante en medio de esas horrendas salas de espera, tan frías como atiborradas de aspirantes a conseguir un nuevo empleo –“… una nueva esclavitud” -afirma Jorge.
-Si preparara un currículum con todos los trabajos que he tenido durante mi vida –le dice a ella-, créeme que resultaría más versátil que el del presidente de la república.
-¡Mmm!... y eso que la Primera Dama no conoce mi historia; al menos tan bien como tú; a pesar de que yo podría haber sido tu madre.
Risa de locos amantes chocando al fin en los rincones, enroscándose desafiante en un mismo grito.
-¡No me hubiera gustado tener una madre de catorce años! –explota él entre carcajadas. Sigue:
-El momento que en verdad detesto en los trabajos es la tragedia matutina del chequeo de tarjetas. No importa si el reloj es mecánico o electrónico; o si había que anotarse en esos enormes cuadernos de pastas gruesas, uno tras otro, como si se tratara de celebridades declarando ser los mejores actores que han aprendido a convivir con otros extraños semejantes a ellos, durante cinco o seis días seguidos, ocho horas completas. Amontonados, peleando por confirmar su existencia unos segundos antes de lo permitido; o comprando su pase automático para regresar al hogar en medio de la guerra.
-En las trincheras se hace lo posible por sobrevivir, cariño. Y un chico como tú, que prefiere a esta mujer madura –masajeando los hombros blandos de Jorge-, mucho debe saber de trincheras.
-Creo que mucho sé. Mucho comprendo... ¡No sé de qué!


Ella sigue complaciéndolo encantada.
A través del espejo Jorge descubre otra pecera en cuyo interior nadan bellas bombillas, focos plateados, sin chocar entre sí ni con el cristal, bañados de un multicolor maravilloso, inundando los contornos de sicodelias inalcanzables.
-¿Quién eres? –le pregunta finalmente, observando intrigado a su hembra; ambos desnudos sobre la cama.
-Eso no te interesa –responde ella secamente, interrumpiendo el masaje y evadiendo su presencia.
-¿Has leído todos esos libros? –Jorge señala hacia las mesas repletas. La mujer ignora la pregunta; fijando ahora sus ojos sublimes en los pequeños y pardos de Jorge. El ventilador de pedestal al pie de la cama sigue refrescando su rostro apenas con un zumbido eléctrico: cabello largo quebrado, negro brillante jugando con el aire fresco que en cortos intervalos lanza el aparato oscilatorio sobre ambos; contrastando con la piel tan blanca de suave; implacable; perfecto contraste de la costa mulata-morena; deseosa de sexo en un beso morboso. Deseosa de un hombre de una sola palabra.
En el fondo reconoce que también se siente liberada, un poco, desde hace tanto tiempo, de uno que otro de sus intemporales infiernos.




-¿Qué haces aquí? –insiste Jorge, emocionado, ingenuo; dándose cuenta de que el huracán pasó mucho antes de que sus tenis se sumergieran en este desembarcadero; tan sólo deseando evitar que ella siga navegando por las opciones del inframundo-. A primera vista –sigue- se te nota el porte. Tu personalidad. Digamos que la demuestras al verme a los ojos.
-Esa es la razón por la que te permito pasar esta noche conmigo –responde con el ánimo de una anciana al fin comprendida, animosa al ceder-. ¡Tú has visto mis ojos!
De pronto, su sonriente ternura esquiva por completo los cuestionamientos, brincando del colchón hasta saludar al querido refrigerador. Al seguirla con la mirada, Jorge confirma que la exquisita sensibilidad de su cuerpo magnífico sería la envidia de mujeres a las que tal vez les doblaría la edad, ahogadas en un pantano de manipulaciones cuyo único fin es avejentarlas lo más pronto posible para que la nueva generación consuma un año antes que ellas.
Toma una solitaria manzana, grande y roja del interior casi frío y casi vacío; con excepción de un cartón que contiene un trago de leche y dos latas violadas hasta el fondo; cerrando la puerta con delicadeza –con respeto, podría decirse-, reverenciando esa mecánica voz ronca del aparato, traducida en paternalismo, quizás.
Regresa a la cama.
-Estoy aquí porque quiero –responde tardíamente a la pregunta sin el menor enfado-, eso es todo.
Jorge sigue escuchando sus cortos argumentos; al tiempo que ya hojea, desnudo de culpas, algunos de los libros sobre las mesas; varios de ellos tan viejos que contienen anotaciones en exquisita letra manuscrita color sepia, en un idioma desconocido por él; con ese olor a libro viejo que fascina todos los sentidos; otros un poco más conservados, a tal punto que sus pastas apenas se mantienen de los hilos descosidos al abrirlos. La numeración de las páginas se interrumpe a menudo por arbitrarios arranques de varias hojas; descubriendo que la mayoría son ediciones de pasta dura, inglesas y francesas de al menos sesenta años atrás.
Extraviado ante tantas opiniones manuscritas sobre los autores; mismas que parecen pertenecer a una misma mano; reconociendo únicamente los nombres de Antonin Artaud y Arthur Rimbaud, entre dos o tres más; y reconociendo a la vez que nada sabe de la verdadera desesperación, del exceso en límite o la inspiración producto del sufrimiento autoflagelante; y como consecuencia de todo esto, debates en potencia que decide evadir. Su mente se bloquea:
-¡No me digas que...!
-¡Hey! ¡Qué te pasa!... ¿Acaso nunca habías conocido a una mujer que amara a los poetas malditos? –con cierto aire de fastidio en su voz; sin atinar Jorge a interpretar su celo; tal vez por el hecho de estar violando esos tesoros.
-Tú has venido a conocer el puerto –le dice ella-; yo hablo otros idiomas. ¿Te das cuenta? Es lo mismo –bajando los párpados por uno instante; masticando con la calma de una yegua la jugosa manzana que sostiene su mano desganada-; es la maldita misma cosa, muchacho. No hay diferencia.
Luego de un rato de mutismo se anima a abrir un poco más el ataúd:
-Te has ganado mi confianza, hijo, así que te voy a confesar algo: ... No sé si me creas, pero un día, un buen día, me convertí en dueña de mi propia vitrina en Amsterdam.
Jorge cree comprender a lo que se refiere:
-Y... bueno... ¿qué sucedió?
La mujer duda su respuesta.
-Creo que sabes perfectamente que aquí es peligroso intentar ser e intentar hacer ciertas cosas –hace una pausa.
-Me fui buscando... ¡buscado tanto! Tu apenas estarías destetándote de tu madre.
“Digamos que allá tuve mucha suerte, y también muy mala suerte. No preguntes más, por favor. A nadie le he contado esto; ni siquiera a...”
La falta del eco tan necesario para pronunciar esa última palabra la obligan a convivir unos instantes consigo misma; para luego reanudar su confesión:
-No me doy por vencida fácilmente. En tres meses pienso embarcarme a Europa; cuando llegue mi tiempo. Tengo aún buen cartel; y sobre todo, excelentes planes a futuro. Pero cuando el momento se acerque, sentiré, como siempre, que me deportan, a pesar de que nadie note mi partida.
Al fin lo sentencia todo:
-¿Quieres escuchar algo gracioso? –tirando los restos de su manzana sobre el limpio mosaico florido con un movimiento sobrado de su muñeca; sin renuciar a ese acento mundano mundial-, tú y yo somos paisanos, muchacho –sonriendo descarada; buscando el cenicero entre las sábanas para apagar otro cigarro. Plena matrona
[12].
Ya no es posible seguir guardando el secreto:
-Nadie ha entrado a esta casa en los últimos cinco años, sólo tú y yo. Nadie volverá a entrar nunca en ella.




Jorge siente el deseo de... bueno, tal vez pedirle su autógrafo o alguna estupidez semejante; actitud propia de un pusilánime más, moldeado a final de cuentas en rincones civilizados:
-¿Acaso no ves televisión? No tienes aquí al menos un radio de transistores...
Levantando sus párpados de hierba hacia las intensas naturalezas del techo, la mujer le responde:
-¿Crees que nos hacen falta esa clase de cosas?






Faltan diez minutos para las cinco de la mañana. El silencio se resigna ante ambos.
Ella vuelve a sonreírle con rara ternura, diferente a la de hace un par de horas. Sabe que Jorge, a pesar de todo, no se merece una despedida como todos:
-Me simpatizas, de verdad me simpatizas –besándolo con sus pestañas de medusa, como sólo sus peceras podrían imitarla-; esta es la única razón por la que sigues aquí. Ahora –le dice, convirtiendo el agua de sus peceras en el fango acumulado en su propia historia por cientos de seres insensibles-, lo mejor es que nunca me vuelvas a tocar –los ojos de ambos se enlazan en un lejano afán de ella por no tener que encontrarlo de nuevo; al tiempo que le da la espalda; ambos de nuevo sobre la cama:
- ... Este no es mi “lugar de trabajo”, por decirlo así. Lo que pasa es que me gusta analizar a la gente; y bueno, si así te puedo hacer sentir mejor, ha sido una agradable sorpresa haberte encontrado de nuevo... –Jorge no entiende lo que ella le quiere decir. No tiene otro remedio que dejarla seguir:
-Digamos que “esto” que ves es mi casa; mi casa de paso; mi casa del pasado. Otra casa de paso entre todas las que he tenido y todas las que seguramente tendré por delante en muchos lugares, listas para estrenarse y olvidarse. Esa ha sido mi vida; la vida de cualquier persona –al afirmar esto último se complace a sí misma riendo simulada, al igual que una tonta soberana-. El día que no me mude de todo, ese día seré una vieja. Vieja como esta casa en la que crecimos juntos... Y ese día, ese día me moriré... Nada más fácil, ¿no crees?
“Los lugares donde trabajo no tiene nada que ver contigo ni conmigo. El dinero que me diste te hubiera servido para pocas copas de vino. Y si quieres una explicación más sincera –levantando su voz grande, al igual que la terrible soledad de su mirada-, no regresé a mi país para que cualquier imbécil me abofeteara las nalgas todas las noches.




La paz se atrinchera y la mujer empieza a vestirse, abriendo la puerta exquisita de madera labrada en cedro de un antiguo ropero pequeño, repleto de prendas finas –la propia finura del ropero permanecía discreta desde un inicio, casi invisible por su especial belleza, en la esquina opuesta al refrigerador, a un metro invisible de la puerta que da al patio-, colgando con premura el follaje esmeralda en unos ganchos de discreto brillo caoba.
Finalmente y sin prisa, luego de casi media hora desapercibida, logra una imagen de categoría convencional: maquillaje discreto modelado ante el anverso absoluto de la vanidad de una Blanca Nieves del siglo veintiuno; invitando a la vez a la mejor de las extravagancias; conjugación perfecta de expresión soberbia; rematada por otro toque casual en su cabellera intacta; asomando libre el escote hasta los hombros y la espalda idealizada en ese extraño vestido largo, blanco, veraniego hasta sus pálidos tobillos.
-¡Y tú no dormiste, grandísimo tonto! –le dice a Jorge en son de burla, pasando a su lado al terminar de recoger sus ropas íntimas del suelo al pie de la cama; revolviendo todavía más el cabello corto de lo que ya parece una consumada versión tristemente mundana de “El Pensador”.
Jorge quisiera decirle todo con sus grandes ojeras acostumbradas a estos tormentos. Todo lo que hace es vestirse de prisa; posterior a un rápido chapuzón de agua tibia; sabiendo que no podrá perder nunca de vista esta madrugada.
-Ojalá me pudiera quedar contigo unos días... –le confiesa con sus cabellos escurridos; extrayendo de su mochila una camisa limpia en rayas arrugadas que da pena.
-¡No me digas esas cosas, por favor! ¡No provoques que cambie mi impresión sobre ti!
La mujer sabe que es el momento de sentenciar la escena de una buena vez; interrumpiendo su respirar:
-No quiero parecer desatenta contigo, pero ya debes marcharte.
-Claro... disculpa mi torpeza –levantándose del colchón como una estatua de carne en busca de su mochila.
-¡Por Dios! ¡No te disculpes! –su voz parece quebrarse, de frente al abismo de recuerdos y promesas de maderas exquisitas en otros mundos.
Con el chacoteo de sus sandalias de plástico camina de nuevo desganada hasta la cama, aventando furiosa al suelo sus lágrimas y las sábanas y las almohadas y el cenicero repleto, hasta encontrar al fin el billete de doscientos pesos, el de cien y dos –tan arrugados como los demás- de cincuenta. Esas poderosas figuras de papel recuperan en lo posible su simetría entre sus manos impecables; depositándolas presurosa, como Cenicienta al cuarto para las doce, y con la ternura insufrible de sus pupilas brillantes, en la mano derecha de Jorge:



-No me digas nada más. Simplemente vete, por favor.





Y la vieja puerta de madera se cierra despacio, por fuera, para siempre; resonando el seguro de la chapa en un eco distante, sin retorno.
Un helicóptero se aleja entre la selva, invitando al vuelo a infinidad de hojas marchitas, surrealistas en sus bordes, al pie de los caobas imponentes.
El canto de los sapos y la marea ya no se escuchan en esta mañana de julio; en esta ciudad extraña que despierta en trivial domingo; sin importarle a Jorge voltear a su derecha al llegar a la primer esquina para encontrarse con el gran muelle. Se muere de ganas por regresar ciego sobre sus pasos; pero bien sabe que de intentarlo el sueño desaparecería.
Espera por un taxista desvelado en el infinito apacible de la calle angosta; lejos al fin de los últimos pataleos de un estereo sobreviviente a otra burda borrachera. -Los semáforos han recobrado su egoísmo.
Cerca de ahí, en las bodegas del muelle, un artista solitario llena sus pulmones de brisa luminosa, retomando ese sax entre el salitre y la verdadera bohemia que apenas fragua el fin; despertando dulcemente a muchas parejas que se preparan acostumbradas a iniciar otro día de caliente ocio en la costa; sin sospechar que horas más tarde, cualquiera de ellos podrá toparse accidentalmente con ella; con los secretos de su propia pareja.
¡Cómo hacerles entender a esos necios que a su hijo lo guardará siempre en el corazón de un antiguo poeta francés!




Otro milagro está a punto de suceder en el centro de aquella pista de baile callejera: los tiburones siguen durmiendo en el fondo del mar.
Un extraño ser humano se aleja calle abajo, con la hedionda mochila colgando en su espalda de ave; al tiempo que un flamante Cadillac negro se estaciona frente al Hogar.
La puerta trasera del auto se abre, invitando a la mujer más bella del puerto a sellar con la humedad de sus últimas lágrimas la Casa de los Peces; sin dejar de implorar por sus hijos.
Esta casa de agua no puede ser el hogar de un ave; a menos que el viento le otorgase al agua el talento necesario para volar; hasta que el agua lograra humedecer las piedras con salvajes pinceladas esmeraldas.







III
Luego de una ducha de agua helada, dormir catorce horas sin el menor esfuerzo, llenar tres insufribles solicitudes de empleo como todo un aferrado, ofrecerle un cielo sin estrellas al casero y desahogar su diarrea como un trompo, Jorge decide salir a la calle en busca de su patrimonio.
Al menos esa es su intención; a pesar de que el sujeto que se prepara a entrevistarlo no deja de picarse las encías con un palillo y espantarse una aguerrida mosca negra del rostro; haciéndole creer a Jorge que lo ignora.
Parecía que la fila de aspirantes se negaba a avanzar desde la banqueta hasta el tercer piso del edificio, apenas a las diez de la mañana. No recuerda si estuvo formado dos horas; acaso el doble. Realmente no puede precisarlo.
A lo largo de la inhumana espera se puso a reflexionar que ha llenado más veces solicitudes de empleo que a su propio estómago en los últimos tres meses: “Definitivamente es un arte hacerlo sin que nadie advierta un robo por hambre...”, piensa.
“¿Seré un artista?... Debería dar clases al respecto... Al menos me alcanzaría para desayunar ... ... ... ¡Esta corbata!”
Dando por terminada la entrevista, el interrogador se levanta complacido de un gran sillón chirriante –¿de su trono?-, bordeando con su tremendo abdomen la espeluznante asimetría del escritorio. Abre la puerta del privado mandando al infinito un grito a los ingenuos que esperan turno para ser entrevistados:
-¡Se podrían callar todos un momento!
Definitivamente en esta empresa no existe el anarquismo; el silencio es sepulcral...
El asno, bajo el marco de la puerta de su privado, le sonríe satisfecho a Jorge; guardando simulado uno billete en la bolsa de su pantalón de vestir
[13], le da un fuerte apretón de manos a Jorge, diciéndole en voz muy baja –evidenciando el pésimo sazón del pollo frito que acaba de tragarse:
-Mucho gusto en conocerlo, don Jorge. Lo espero mañana a las nueve (¡en punto, por favor!), para presentarlo con su jefe inmediato.




Jorge siente vértigo dentro del elevador que desciende como bala hasta los cimientos de la verdadera selva, a las tres quince de la tarde. No tiene un sólo centavo. Con los últimos cincuenta pesos acaba de comprar otro empleo.
[1] Víbora pequeña, muy venenosa; común en el trópico mexicano.
[2] Tacos de carne asada.
[3] Mexicanos que cruzan ilegalmente la frontera hacia USA.
[4] Bebida con alto grado de alcohol, obtenida a partir de la caña de azúcar.
[5] Hombre que regentea prostitutas.
[6] Marca comercial de limpiador de sarro y grasa.
[7] Piedra porosa utilizada para raspar costras de mugre en el WC, lavabo, etc.
[8] Trapo grueso para la limpieza general.
[9] Variedad de moscos de gran tamaño.
[10] Lagartija cuya piel traslúcida permite ver sus entrañas; la cual emite un agudo silbido.
[11] Música tradicional del norte de México.
[12] Mujer que regentea prostitutas.
[13] Ropa formal.

Verde

Martín me propuso un trueque, entre una camiseta verde y una camisa de seda. Acepté la camiseta porque es de un matiz que no he vuelto a ver. Por su parte la fina camisa resultaba el absurdo regalo navideño descubierto en plena primavera: repleta de flores.
A pesar del tiempo el verde nunca cedió; acaso hasta este día, en que he decidido regalarla a la basura. Durante más de un lustro la camiseta me sirvió lo mismo como ropa de invierno que estrategia veraniega; pero no sé remendar.
Hoy que la dejo libre reconozco que no volveré a ver un verde igual.




Vivíamos en un departamento, Martín, Tato y yo, en el corazón de un multifamiliar deprimente.
Tato parecía gozar al calificar de tonta a su propia madre, debido a que ella había abandonado el hogar cuando mi amigo era un bebé: tuvo la ocurrencia de cambiar al señor Fortunato por un pobre diablo podrido en dinero.
Con los años el diablo se hizo pobre; mientras Fortunato logró uno de los estudios fotográficos más prestigiados de la región. Por su parte la tonta terminó haciendo ridículos espantosos en los cantabares.




Era una época difícil. Tato acababa de perder su empleo como vendedor de piso en Liverpool
[1]; yo había mandado al demonio al explotador en turno.
-¡Por qué todos los malditos jefes son una bola de negreros, carajo! –me reclamaba Tato con ese gesto de soberbia; siempre luciendo ropa de vestir más o menos planchada; desfogando su incertidumbre al estilo “El Fisgón”, de La Jornada
[2], o al reverso de las cajetillas vacías de cigarrillos o en la parte posterior de etiquetas de mayonesa o del ron barato que noche tras noche nos acabábamos él y yo.
-Porque somos un par de aferrados. Por eso –generalmente no se me ocurrían otras respuestas a sus preguntas.
Soñábamos con ir algún día a la tienda de vinos de Ned, en Sunset Streap, y de esta manera tener la oportunidad de toparnos con Bukowski:
-¿Le pedirías su autógrafo? –le pregunté a Tato.
-Nunca me lo daría el ojete
[3]. Tan sólo le diría: Chinaski, you’re the prophet of the subway…




El único que trabajaba era Martín, supervisando el personal de una sucursal de Josefino’s Pizza. De hecho se sentía realizado, debido a que la cadena de pizzerías acababa de pagar un comercial para la televisión local, en el cual Martín lucía su sonrisa boba durante un segundo completo.
La semana santa del ochenta y ocho, nosotros, los aferrados, decidimos evitar la hambruna por medio de un volado
[4]; yo lo perdí. Esto significaba empeñarle mi grabadora a don Tacho por una despensa eventual para dos personas. -Afortunadamente contaba con cierta ración de especias que disfrutamos a espaldas de Martín, lógicamente, pues no era buena idea que un infante de veinticuatro años observara el deprimente espectáculo de sus “hermanos mayores”, como él nos llamaba a menudo.




El departamento estaba equipado por un juego de eficientes goteras perfectamente distribuidas, mismas que en época de lluvia resultaban el remedio insuperable ante la indiferencia que demostrábamos por los despertadores.
Martín y yo compartimos la misma recámara. Llegué a acostumbrarme a los movimientos pausados de un insecto enorme, horrible -¿cómo describirlo? ¿una avispa gigante, sin alas? ¿un dátil con patas?-, explorando sin prisa la montaña de ropa sucia que Martín se esforzaba en mantener del mismo tamaño todos los días.
El closet albergaba mi escasa ropa; la de Martín invariablemente apestaba detrás de la cabecera de su cama.
Cada noche, a las once, escogía la muda del día siguiente, la lavaba, exprimía y planchaba, los tres procesos en cuestión de media hora; sin quitarse sus anteojos graduados, empañados por momentos, rectangulares que abrumaban; enfundado en su eterna bermuda y su eterna camiseta, ambas de colores indefinidos y olores irrevelables; arrastrando presurosas, de un lado para otro, sus chanclas rotas de hule; asomando unos juanetes
[5] que se despellejaba en el sillón de la sala mientras el copete envaselinado caía sobre su frente morena, dejando al descubierto una incipiente calvicie; sin faltar la estrofa susurrada de una insufrible canción de moda.
Tato y yo evadíamos las simplezas vociferantes que brotaban a menudo desde el fondo del tremendo abdomen del crío de uno ochenta y cinco de estatura; mientras se comía sus lagañas, cuyo proceso de petrificación las mantenía en sus lagrimales a punto de desbarrancarse.
A pesar de todo esto, creo que Martín era feliz a su manera. De vez en cuando lograba hacerme reír.




El problema comenzó realmente cuando borró buena parte de la cinta que albergaba a los Rolling Stones en París.
No era su intención ser tan idiota, auque el resultado siempre fue el mismo; se debía a su hipermetropía: presionaba record en lugar de play. ¡Era grandioso el muchacho!
Debido a las circunstancias, terminé por prohibirle tomar el walkman que yo escondía de él debajo de mis calzones, en el cajón de mi cama.




El bebé llegó una noche con los audífonos puestos; una lata de cocacola en su mano derecha; el walkman sujeto al frente de su cinturón; el nudo de su corbata delgada, casi negra, aflojado hasta el pecho; el cuello de la camisa desabotonado; transpirando como pocos he visto en mi vida.
Nunca imaginó encontrarme aburrido, en la sala, frente al televisor; tomando en cuenta que normalmente yo era el último en llegar por la noche.
No tuve otro remedio que regañarlo como siempre: “¡Eres un tarado! ¡Por qué no respetas nuestras cosas! ¡Por qué no te largas a donde nunca te encontremos!...”
Al instante Martín se metió en la recámara, azotando la puerta, golpeando la pared con sus poderosos puños; gritaba que se quería morir.




Como siempre, se levantó antes que yo, se metió en la regadera, hizo mil babosadas para luego salir con rumbo al trabajo sin dirigirme la palabra; yo daba vueltas en mi cama como consecuencia de su habitual escándalo previo.
Una hora después -tal vez dos o tres- me encontré con Tato en el pasillo de la casa. El sabía de mi cumpleaños, pero al igual que yo procuró ignorarlo: nuestra neurosis no estaban para celebraciones.
Me metí al baño teniendo cuidado de no pisar el charco de orina que invariablemente formaba Martín al pié del WC.
Al término del desayuno suspiré resignado: una cubeta con ropa enjabonada esperaba por mí en el lavadero.




Una vez más, Tato y yo deprimidos, vencidos, idiotizados ante la programación nocturna de las televisoras.
Llegó Martín, con su ridícula lata abollada de refresco y una bolsa de Super Siete
[6] repleta, pendiendo absurda del dedo meñique de su otra mano; los demás dedos equilibraban una docena de llaves.
Desfiló ante nosotros indiferente; su sudor casi goteaba en el piso. azotando la puerta de la recámara. Los aferrados rieron divertidos.
De pronto salió prepotente. Apagó la luz de la sala con una agilidad que me sorprendió; corriendo de regreso a la alcoba para hundirla también en penumbras. Tato dejó de masticar sus eternas Sabritas
[7].
Desde la recámara comenzó a brotar, poco a poco, una luz tenue, como si Martín estuviese encendiendo una pequeña fogata en su interior. Las tétricas sombras se movieron con violencia sobre las paredes, apareciendo una silueta chistosa en el pasillo; algo así como Oliver Harley portando entre sus manos lo que parecía un diminuto pastel con velas.
Llegó hasta nosotros con paso marcial, nervioso en extremo; mientras su voz aguardentosa entonaba “Las “Mañanitas”
[8] de manera por demás cursi, rayando en el ridículo.
Colocó con sumo cuidado la charola sobre la pequeña mesa de la sala, provocando que el copete grasoso cayera de nuevo en su frente amplia, titilante por las velas que la iluminaban.
Se arrancó la corbata aventándola lejos; sin dejar de cantar. ¡Qué escena!
Demostrando decisión apagó la televisión. ¡Seguía cantando! Estupefactos, lo que quedaba de los aferrados no podían mover un sólo dedo; todo lo contrario sucedía con nuestros ojos.
Sobre la charola, cuatro Pingüinos Marinela
[9] aplastados, acompañados por tres cervezas de lata. Cada Pingüino sosteniendo siete velitas de un azul tirando a morado, incrustadas con violencia y sin vertical alguna. Sus llamas estiradas iluminaban sobre todo a un Tato tan atónito como yo.
Cuando Martín reconoció, abochornado y con la mirada vencida, que “no recordaba la letra completa”, Tato y yo nos observamos en silencio sin saber qué demonios hacer. Comenzamos por reír hasta carcajear; contagiando a un Martín sin salida, a punto de explotar.
Superándolo todo me ofreció su mano gruesa, suave, levantándome del sillón de un brusco jalón, abrazándome tan fuerte que las interminables palmadas que me daba en la espalda me parecieron cierta venganza de su parte. -La charola pertenecía de Josefino’s Pizza.
Lágrimas humedecían sus ojos apenados; jurándome con exagerada solemnidad no volver a tomar mi walkman ni orinar fuera de la taza, así como lavar toda su ropa y no comerse nuestros atunes enlatados.
-¡Discúlpame flaco! ¡Te doy mi palabra que ya no voy a hacer tonterías!
-¡No mandines pinche gordo! -se burló Tato, aludiendo a Og Mandino.
Intentando superarlo todo, yo era quien me encontraba realmente en un callejón sin salida.
La celebración fue corta, sincera de parte del gordo. Aquel día comencé a comprenderlo; o más bien, comencé a preguntarme acerca de él.







Martín aún estaba en su cama.
Me levanté al baño: el piso estaba seco; la espantosa campana de su despertador destartalado no había sonado. Eran las diez pasadas y él acostado, inmóvil; con ambas manos detrás de su cabeza; sus ojeras más marcadas que de costumbre; semejando el tizne de una fogata sutilmente delineado bajo los párpados, enmarcando los ojos hinchados.
Orgulloso y sin titubeos me evadía por completo. Supuse que no había podido dormir, sin importarme la causa.
Cuando regresé a la recámara sonrió relajado. Al fin volteó a verme, levantando una ceja, susurrando su voz lenta:
-Que onda flaco… Ya se te hizo tarde…
No entendí del todo si se estaba burlando ante mi falta de empleo; por lo que le pregunté cortante si no pensaba ir a trabajar; respondiéndome categórico, sin alterarse, que “ese día no tenía nada especial qué hacer”; suspirando envidiable, descarado.
Su semblante reflejaba cierta... ¿libertad? que no había advertido nunca en él.
Estaba contento, definitivamente desvelado y contento.




Tato y yo salimos a la calle, intrigados ante la ilógica actitud del panzón; a la vez seguros de que se trataba de otra gran idiotez sin importancia. ¡Era su problema!
Antes de irnos le recordamos que por la noche debería tener su parte de la renta. Nosotros nos dirigíamos a la búsqueda del dinero para pagar nuestra respectiva parte. Martín nos aseguró que la tendría lista, sonriéndonos estúpidamente feliz desde su cama.




Mis conjeturas me decían que Martín estaba de vacaciones; ¿qué más podía deducir?, él nunca acostumbraba llegar tarde a su trabajo.
Seguramente quería estar a solas esa mañana para seguir planeando el día de su boda. ¡Vivía obsesionado con eso!
Su novia –siempre hablaba de ella; a pesar de que nunca nos la presentó- “¡era una mujer tan tierna!”, a tal grado que le robaba unos suspiros abominables que por poco hacían vibrar los cristales; incluso provocaban que aquel insecto horrendo huyera a toda velocidad entre su ropa sucia.
A veces comparaba a Martín con el monstruo creado por el doctor Frankenstein, exigiéndonos una pareja acorde a su personalidad bajo pena de volvernos locos a todos.




También se emocionaba al hablarnos de su familia; pero al hacerlo, sin darse cuenta, llegaba a confundir los nombres de sus hermanos e incluso de alguna mascota.
Su anécdota favorita se remontaba a una vía de tren en Chihuahua
[10], sobre la cual Martín, “Pepe” o “El Willy”, o cualquier otro, colocaba una vieja moneda de cobre de veinte centavos, esperando a que las ruedas del ferrocarril pasaran sobre ella, convirtiendo la moneda en una lámina lisa que todos se peleaban por poseer como un tesoro.
Cuando terminaba de revelarnos una de sus leyendas, ese silencio pesado contrastaba con el brillo de su mirada libre, a través de los anteojos que empequeñecían sus ojos; para luego sonreír apenas, como si de pronto recordara otra vivencia que nunca se animó a confesar.
Era el momento clave: Tato lo volteaba a ver de reojo, fastidioso, es verdad; pero quizás, a la vez, recordando una particular aventura de su infancia medioburguesa, en la cual él también se atrevió, como Martín, a sentir en sus manos el latir de la vía, colocando temeroso, presuroso y audaz sobre ella, una moneda o un cohete cubierto por alguna lata oxidada. Es posible que se imaginara a sí mismo, de ocho años al lado del pequeño Martín, escondidos ambos en un matorral, con los oídos cubiertos y sus ojos apretados a más no poder.






El transcurso de las horas me obligaron a olvidar por completo tanto la emotiva celebración de mi cumpleaños como la escena por la mañana; dedicándome sin descanso a la caza -literal- de la quincena recién cobrada de algún incauto.
… Todo chantaje conoce su límite. Me encontraba en problemas: nadie pudo -quiso- prestarme más dinero.
La puerta de mi recámara estaba cerrada; siempre la dejaba abierta al igual que Tato.
Al recordar la displicencia de Martín, intuí que de abrirla hallaría algo que no me iba a gustar. -¡Una travesura de ese…! ¡Seguro el gordo la había cerrado, rogando por que no descubriera sus burradas!
Giré la perilla, percibiendo el bochorno del encierro prolongado. Prendí la luz: las cortinas corridas, las ventanas cerradas.
Martín sobre su cama, con la mirada fija en el último rincón del techo. Esos ciento y pico de kilos antiestéticamente desparramados en el colchón aplanado.
En mi cama, sobre la almohada, una jeringa pequeña, desechable, con la aguja colocada; así como dinero suficiente para pagar el mes completo del departamento.
Lo tomé de los brazos. Su cabeza giró cruda hasta un límite que me dolió al escucharla apenas.
Su mirada guardando el ángulo de la angustia. Esos ojos de sapo veían más allá de los muros.





Con ayuda de su agenda al fin localizamos a alguien: aquella mujer se concretó a suplicarme entre sollozos, a través del teléfono público, que nunca volviera a buscarla, ya que “¡Martín no existe …!”
El tono de esa voz ronca, madura, y la música de fondo, eran inconfundibles.




Dos semanas bastaron para que los aferrados se mudaran independientes; luego de los criminales trámites legales. Estábamos hartos de nuestra complicidad; avergonzados de su fin.
Metimos a una lavandería la montaña de ropa. Tan pronto como pudimos se la regalamos al “Pochitas”, un lavador de autos del multifamiliar.







…Y es que compartíamos el mismo departamento, “Pepe” o “El Willy” o cualquier otro, y yo; descubriendo noche tras noche, en la televisión, a un simpático gordinflón portando orgulloso, durante un segundo completo, su charola repleta de pizzas.



Todo era verde. Había regresado la primavera.
[1] Cadena de tiendas departamentales de lujo, en México.
[2] “La Jornada”: uno de los mejores periódicos de la ciudad de México; en el cual, “El Fisgón” es uno de sus caricaturistas.
[3] Ojete, en México, identifica a la persona reacia, indiferente a los demás, incluso perversa.
[4] “Volado”: echar la suerte con una moneda.
[5] Protuberancias en los pies por efecto del mucho caminar o un calzado muy ajustado.
[6] Cadena de tiendas de autoservicio, equivalentes a las “7Eleven” de Estados Unidos.
[7] Marca mexicana de papas fritas.
[8] Canción tradicional mexicana para celebrar el cumpleaños de una persona.
[9] Marca de pastelillos de chocolate.
[10] Provincia del norte de la república mexicana.